Este jueves se estrena en cines la película española de Avelina Prat, protagonizada por Manolo Solo.
La muerte de Manolo Solo, ocurrida hace poco más de un mes, le otorga a Una quinta en Portugal una dimensión inevitablemente emotiva. El actor español, ganador del Goya por Tarde para la ira y nominado por este trabajo como mejor protagonista, construye aquí uno de esos personajes en los que parece desaparecer detrás de la mirada, los silencios y los pequeños gestos. Y quizás por eso esta película de Avelina Prat, más allá de su historia, se siente también como una oportunidad para volver a encontrarse con un intérprete enorme, capaz de hacer de la fragilidad una herramienta cinematográfica.
Fernando (Manolo Solo) es un profesor de Geografía cuya vida se derrumba cuando su mujer, de origen serbio, desaparece. Sin rumbo y atravesado por la pérdida, abandona su lugar de origen y llega a Portugal, donde termina asumiendo la identidad de otro hombre para trabajar como jardinero en una quinta. Allí comienza una nueva vida que, en principio, no le pertenece. Pero Avelina Prat utiliza esa premisa para hablar de cuestiones mucho más profundas: las fronteras, la pertenencia, el hogar, los vínculos y esa necesidad tan humana de encontrar un espacio donde volver a sentirse parte de algo.
Una quinta en Portugal se mueve con un ritmo lento y pausado, sin apuro por llegar a ninguna parte. Hay mucho diálogo, silencios y momentos contemplativos que permiten que la película se detenga en sus personajes y, al mismo tiempo, en el entorno que los rodea. Es un cine que necesita cierta predisposición del espectador, porque no busca constantemente el golpe de efecto. Su interés está en observar cómo alguien que ha perdido sus referencias comienza lentamente a construir otras.

En ese recorrido aparece también una interesante búsqueda espiritual. Fernando no solamente necesita escapar de su pasado: necesita encontrar una nueva forma de relacionarse con el mundo. La quinta se convierte entonces en mucho más que un escenario. Es un refugio, un territorio de transición y, de alguna manera, un nuevo hogar. Y la puesta en escena acompaña perfectamente ese espíritu. Avelina Prat construye una película de una gran belleza visual, donde la quinta portuguesa, sus espacios, la naturaleza y la paleta de colores adquieren un protagonismo fundamental. Hay algo casi hipnótico en la manera en que la cámara observa ese entorno y permite que el paisaje dialogue con el estado emocional de Fernando. La belleza nunca funciona solamente como decoración: es parte de esa búsqueda interior que atraviesa al personaje.
Manolo Solo está extraordinario. Se mete de lleno en la intimidad de Fernando, el afable profesor de Geografía que parece haber quedado suspendido entre dos vidas. En sus silencios, en sus miradas y en esa forma de interpretar a un hombre que intenta reconstruirse sin saber exactamente quién quiere ser, está lo más destacado del actor español. Frente a él, Maria de Medeiros (Pulp Fiction) aporta otra presencia fundamental para que ese nuevo universo que Fernando encuentra en Portugal empiece a adquirir sentido.
Avelina Prat construye así una película cautivante, íntima y profundamente humana. Una historia que utiliza una pequeña intriga alrededor de la identidad para hablar de cosas mucho más universales: qué significa pertenecer, qué hacemos cuando perdemos nuestro lugar en el mundo y hasta dónde somos capaces de reinventarnos para volver a sentirnos en casa. No moraliza ni intenta imponer respuestas; simplemente acompaña a sus personajes en ese proceso.
Una quinta en Portugal es un bello drama psicológico sobre la identidad, el hogar y los vínculos sociales. Una película que pide paciencia, pero que recompensa esa mirada atenta con una historia sensible y una puesta en escena de enorme belleza. Y hoy, inevitablemente, también es una película que permite despedirnos un poco de Manolo Solo: un actor que aquí encuentra uno de sus trabajos más íntimos y conmovedores, demostrando una vez más por qué su presencia en el cine español va a ser tan difícil de reemplazar.