Este jueves se estrena en cines la nueva película del director de Hostel, Knock Knock y VIernes Negro.
Compañero de ruta de Quentin Tarantino y Robert Rodríguez, Eli Roth ha construido una filmografía donde sus pasiones siempre están a la vista: el terror, la sangre, lo bizarro, el gore y esos guiones deliberadamente absurdos que llevan el género hasta el límite de lo delirante. Hostel fue la película que lo catapultó y Viernes Negro probablemente sea uno de sus trabajos más logrados, pero buena parte de su cine funciona, antes que nada, como la obra de un fanático del género que disfruta jugar con sus códigos. El Heladero entra perfectamente en ese universo.
La historia es sencilla y no necesita demasiadas vueltas. En Bayllen Bay, un pequeño pueblo de un valle, todavía dominado por los juegos al aire libre y alejado de la omnipresencia de las redes sociales, aparece un viejo camión de helados. Los chicos se acercan, atraídos por la promesa de algo dulce, sin saber que detrás de esos helados existe una siniestra poción capaz de convertirlos en pequeños asesinos. A partir de allí comienza una matanza indiscriminada de adultos, seducidos por una melodía infantil al estilo El Flautista de Hamelin que emana del camión que, después de la película, probablemente quede dando vueltas en la cabeza durante varios días.
Pero hay tres chicos que quedan al margen de la epidemia: Jared, que no puede comer helado por su intolerancia a la lactosa; Mia, una niña de doce años que padece bulimia y termina vomitando la sustancia; y Tommy, un joven rebelde al que directamente no le interesa el helado. Ellos serán quienes deban enfrentarse a esa horda de niños convertidos en máquinas de matar y descubrir quién es realmente ese misterioso heladero y qué hay detrás de su llegada al pueblo.

Hay una evidente influencia del cine de terror de los 80 y de ese cine clase B —por momentos directamente clase D— que disfrutaba llevar las ideas más disparatadas hasta sus últimas consecuencias. Se perciben destellos de Los chicos del maíz (1984) y El pueblo de los malditos (1995), dos referencias inevitables cuando una película decide convertir a los niños en una amenaza colectiva. Y ahí El Heladero encuentra algo de encanto: cuanto más absurda se vuelve, más disfrutable resulta para quienes la pasan bien viendo ese cine basura, delirante y desvergonzado.
Pero quizás la referencia más evidente y divertida sea Ice Cream Man (1995), la película de serie B dirigida por Paul Norman. La figura del vendedor de helados asesino funciona prácticamente como un antecedente directo, y Roth juega con ese imaginario recuperando no solamente el camión y al siniestro heladero, sino también los juegos con los ingredientes y la idea de transformar algo asociado a la infancia y al placer en una fuente de horror.
Roth no busca demasiada profundidad en esta historia. Hay un componente sobrenatural, una explicación vinculada con el pasado de los padres y esa idea bastante clásica de que los errores de una generación terminan cayendo sobre la siguiente, pero todo queda subordinado al espectáculo. Lo que importa es la persecución, los cuerpos, la sangre y el gore. Y en eso El Heladero cumple: hay escenas desagradables, momentos de humor negro y una violencia exagerada que funciona justamente porque la película nunca pretende tomarse demasiado en serio.
Uno de los aspectos más interesantes es su decisión estética de desarrollar prácticamente todo el relato a plena luz del día. Roth no necesita esconder la violencia en la oscuridad: la sangre, los cuerpos y las muertes aparecen bajo el sol, contrastando con ese paisaje familiar y aparentemente inocente del pueblo. Y, mientras tanto, esa musiquita del camión se convierte casi en otro personaje: infantil, pegadiza y cada vez más siniestra a medida que la historia avanza.
El Heladero es una película falopa, sangrienta y entretenida, de esas que uno mira sabiendo exactamente qué va a encontrar. Es Eli Roth haciendo Eli Roth: mucho gore, una premisa disparatada, chicos asesinos, una melodía imposible de olvidar y un espectáculo de terror diseñado para provocar alguna carcajada y bastante asco. Tómelo o déjelo. Pero no le pidamos a Eli Roth algo que nunca prometió.