Tardes de soledad: filmar lo que duele mirar

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Este jueves se estrena en la Sala Leopoldo Lugones, el Cineclub Hugo del Carril en Córdoba y el Cine Universidad de Mendoza el documental de Albert Serra, ganador de la Concha de Oro en San Sebastián.

Hay espectáculos que, antes de empezar, ya nos generan rechazo. Las corridas de toros son uno de ellos. Para muchos —me incluyo— representan una práctica cruel, difícil de justificar en pleno siglo XXI. Un ritual que se sostiene entre tradición, sangre y una épica que a veces parece más impostada que heroica.

En ese terreno espinoso se mete Albert Serra, uno de los directores más singulares y provocadores del cine español contemporáneo (Pacification), quien por primera vez se vuelca de lleno al documental. Tardes de soledad sigue al torero peruano Andrés Roca Rey, radicado en España, en el trayecto íntimo y ritual que precede a la plaza: la camioneta, los silencios, el equipo que lo rodea, los banderilleros, la concentración antes del enfrentamiento.

Serra no juzga, no explica, no subraya. Decide observar. Coloca la cámara y deja que el tiempo y el espacio hagan lo suyo. El documental se estructura en tres corridas, tres momentos donde el riesgo es real y la muerte —para el toro o para el torero— es una posibilidad concreta. La cámara se mantiene cerca, demasiado cerca. Y ahí es donde la experiencia se vuelve incómoda.

Porque si por un lado lo que vemos tiene algo de coreografía hipnótica —la precisión de los movimientos, la composición visual, la arena como escenario casi operístico—, por el otro la violencia es frontal. La sangre no es metáfora. El dolor tampoco. Serra logra que convivamos con esa contradicción: la fascinación estética y el rechazo moral en el mismo plano.

El título sugiere una soledad que, en principio, parecería pertenecer al torero. Sin embargo, Roca Rey casi nunca está solo. Siempre hay un equipo que lo acompaña, lo asiste, lo abraza cuando el animal lo embiste y lo pone al borde de la muerte. La verdadera soledad es la del toro. Ese animal que entra al ruedo sin red, sin aliados, convertido en objeto de un rito donde el ser humano celebra su dominio.

En tiempos donde la crueldad no es solo una herencia cultural sino también un rasgo cotidiano de nuestras sociedades, el documental dialoga inevitablemente con algo más amplio: la naturalización de la violencia. Lo que ocurre en la plaza no es solo tradición; es también espectáculo. Y en esa dimensión pública, festiva, celebratoria, se revela una pregunta incómoda sobre qué disfrutamos mirar.

Visualmente es impactante, incluso deslumbrante en su composición. Serra filma la arena como si fuera un escenario barroco, casi sagrado. Pero nunca nos deja escapar del peso físico del acto. Hay planos difíciles de sostener. Hay momentos donde el arte y el espanto conviven de manera brutal.

Tardes de soledad es una película polémica, inevitablemente divisiva. No busca convencer ni absolver. Tampoco funciona como panfleto. Se limita —y no es poco— a registrar con precisión quirúrgica una práctica que muchos no entendemos y jamás compartiríamos. Y, sin embargo, logra capturar algo de su dimensión ritual, operística y simbólica.

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