Se estrenó en la plataforma streming Netflix, se estrenó el documental que cuenta los orígen de la banda californiana.
Antes del estallido global, antes de Blood Sugar Sex Magik, hubo otra historia. Más cruda, más caótica, más íntima. Nuestro hermano Hillel, dirigido por Ben Feldman, se mete de lleno en ese origen: el de una banda que todavía no sabía que iba a cambiar el funk rock para siempre.
El documental reconstruye los primeros pasos de Red Hot Chili Peppers desde un lugar profundamente emocional. No desde el mito, sino desde la amistad. Desde ese vínculo fundacional entre Anthony Kiedis, Flea y Hillel Slovak, tres pibes raros, outsiders dentro de un colegio en Los Ángeles, que encontraron en la música un refugio y una forma de identidad.
Ahí está el corazón de la película: en esa marginalidad compartida que se transforma en energía creativa. En la química inmediata entre Flea y Slovak, en esa guitarra que no solo definía el sonido de la banda, sino también su espíritu. Porque si algo deja en claro el documental es que Hillel no era solo un guitarrista más: era una pieza fundacional.
La muerte de Slovak en 1988, a los 26 años, marca un quiebre inevitable. Y el film no esquiva ese golpe. Lo atraviesa con honestidad, con testimonios directos, con Anthony Kiedis y Flea hablando a cámara sin filtro, sin construcción épica, sino desde la pérdida.
También aparece, inevitablemente, la sombra de John Frusciante, quien terminaría llevando a la banda a su pico de popularidad, pero siempre con la carga —y el respeto— hacia lo que Slovak había construido antes. Como si ese sonido posterior, ese salto masivo, tuviera una raíz emocional imposible de borrar.
Nuestro hermano Hillel no es un documental sobre el éxito. Es sobre lo que vino antes. Sobre la amistad, sobre la identidad, sobre lo que se pierde en el camino. Y en ese sentido, funciona como una pieza nostálgica, sensible y necesaria para entender no solo a la banda, sino a las personas detrás del mito.