Este jueves se estrena en cines la película dirigida por James Watkins que retrata el inicio de uno de los clásicos villanos del Universo DC.
La mitología de Batman está repleta de personajes que merecen una historia propia, más allá de su condición de villanos y de su lugar en la galería de enemigos del Caballero Oscuro. Sin embargo, no todos tienen la misma popularidad ni el mismo recorrido cinematográfico. Clayface era uno de esos personajes cuya existencia conocía, pero cuya historia y mitología desconocía casi por completo. Esa curiosidad, sumada a la presencia de James Watkins detrás de cámara, convertía a la película en uno de los estrenos de terror que más ganas tenía de ver. Y la propuesta no decepciona: una historia de venganza, obsesión y transformación física que utiliza el universo de Gotham como escenario para construir una sólida película de terror corporal.
La elección de Watkins era, sin duda, uno de los principales atractivos. El director británico sorprendió con Eden Lake, una ópera prima feroz que se convirtió en una de las propuestas más recordadas del terror de las últimas décadas. Después llegaron La mujer de negro y la remake de Speak No Evil, donde volvió a demostrar su capacidad para trabajar con la violencia, la incomodidad y la degradación progresiva de sus personajes. Su llegada al universo de DC generaba expectativas, sobre todo por la posibilidad de trasladar esas herramientas a una historia que, en lugar de apoyarse en las convenciones del cine de superhéroes, se acerca mucho más al horror psicológico y al body horror.
La historia sigue a Matt Hagen (Tom Rhys Harries), un actor que atraviesa el mejor momento de su carrera después de conseguir una nominación al Oscar gótico. Durante una noche de festejos en Gotham, conoce a una mujer vinculada con uno de los mafiosos más peligrosos de la ciudad. Desoyendo las advertencias de su amigo, Matt se involucra con ella y termina pagando un precio brutal: los hombres del criminal lo atacan y le destrozan el rostro, destruyendo de un día para el otro su carrera, su identidad pública y aquello que consideraba su principal herramienta de trabajo. Sin respuestas de un sistema judicial atravesado por la corrupción, encuentra una última esperanza en un tratamiento experimental desarrollado por la Dra. Caitlyn Corr (Naomi Ackie), una científica que busca regenerar tejidos mediante una tecnología de vanguardia. Matt decide convertirse en sujeto de prueba y someterse al procedimiento, sin imaginar que la posibilidad de recuperar su rostro también lo llevará a perder el control sobre su propio cuerpo.

A partir de esa premisa, Clayface se entrega al placer perverso de la transformación. La película recupera algunos de los elementos clásicos del terror corporal para construir una pesadilla en la que la carne deja de ser algo estable y la identidad se convierte en una materia maleable. Es imposible no encontrar puntos de contacto con La sustancia, e incluso con Abre tus Ojos de Alejandro Amenabar (Vanilla Sky con quienes conectaron con la versión gringa), especialmente en esa obsesión por la apariencia, el culto a la belleza y la desesperación por recuperar aquello que el tiempo, la violencia o el deterioro nos arrebatan. Pero Watkins suma otra dimensión: Matt es un actor, alguien cuyo oficio consiste precisamente en ponerse en la piel de otros, construir identidades y ofrecerle al público una imagen. Cuando su cuerpo comienza a transformarse, esa metáfora adquiere una dimensión literal y monstruosa. ¿Qué queda de nosotros cuando perdemos aquello que nos define ante los demás?
El relato también encuentra en la venganza su principal motor narrativo. Matt es una víctima de la violencia y de un sistema que le da la espalda, pero la película no se limita a justificar su transformación ni a convertirlo en un simple antihéroe. Lo interesante es observar cómo el deseo de recuperar lo perdido comienza a confundirse con una necesidad de castigar a quienes lo destruyeron. En ese recorrido, Clayface encuentra un equilibrio atractivo entre el drama de un hombre desesperado, el horror de un cuerpo que ya no responde a las reglas conocidas y el costado lúdico que exige la construcción de un villano surgido de los cómics. Hay acción, escenas desagradables y momentos en los que los efectos especiales se convierten en el verdadero espectáculo. La deformidad no es un mero adorno visual: es el centro de una historia en la que el cuerpo expresa aquello que el protagonista ya no puede controlar.
En el apartado técnico, Watkins vuelve a demostrar su capacidad para trabajar con la cámara y construir tensión a partir de los espacios, los movimientos y la disposición de los cuerpos. Hay una secuencia particular en el boliche Vesubio que sobresale por su puesta en escena y que termina adquiriendo una importancia fundamental en el clímax de la película. La cámara acompaña la violencia y la transformación sin perder de vista la dimensión física de lo que está ocurriendo. A esto se suma el trabajo de efectos especiales, fundamental para transmitir la deformidad y las posibilidades inquietantes de un personaje capaz de alterar su apariencia. La banda sonora también aporta personalidad, combinando la música original con canciones conocidas presentadas en versiones que acompañan el tono de la película y su vínculo con el mundo del espectáculo.
Otro de los puntos para destacar es el trabajo de Tom Rhys Harries, que sostiene una buena parte del relato y consigue transmitir tanto la vulnerabilidad del actor como la furia del hombre que empieza a perderse en su propia transformación. Su química con Naomi Ackie, que interpreta a la científica Caitlyn Corr, evoca a La Mosca de Cronnenberg, aportando una dimensión emocional al relato que evita que la historia quede reducida a una sucesión de experimentos fallidos, mutaciones y escenas de violencia.
Como ocurrió con Joker, Clayface demuestra que un personaje nacido en el universo de Batman puede funcionar como protagonista de una película de género con identidad propia, incluso cuando se toma ciertas libertades para construir su historia. No hace falta conocer en profundidad el recorrido del personaje en los cómics para disfrutar de la propuesta, aunque su pertenencia a Gotham le aporta un contexto de corrupción, violencia y decadencia que encaja perfectamente con el relato. La historia deja abierta la puerta para seguir explorando a Clayface dentro del universo de DC, pero su mayor virtud está en lo que consigue durante este primer recorrido: convertir a un villano menos conocido en el centro de una pesadilla sobre la identidad, la fama y la obsesión por recuperar aquello que creemos que nos pertenece.
Clayface es una película de terror muy entretenida, con acción, imágenes perturbadoras y una premisa que aprovecha las posibilidades del body horror sin olvidarse del espectáculo. James Watkins encuentra en el personaje una oportunidad para volver a trabajar con la violencia y la degradación humana, esta vez dentro de un universo que suele asociarse con los superhéroes, pero que también puede ser un terreno fértil para el horror.