EL PODER DE LA RED: CUANDO EL ALGORITMO NOS ENSEÑA A ODIAR

Nuestra puntuación

Dirigida por Aaron Sorkin, este jueves se estrena en cines argentinos una suerte de secuela de Red Social de David Fincher.

Cuando uno repasa las mejores películas de este siglo, Red social, de David Fincher, aparece inevitablemente en más de un top 10. Y me animo a decir que hasta podría entrar en un top 5. Protagonizada por Jesse Eisenberg y Andrew Garfield, fue una verdadera master class sobre el nacimiento de Facebook, la ambición y las miserias humanas detrás de una revolución tecnológica. Una obra maestra que perdió injustamente el Oscar a mejor película frente a El discurso del rey, aunque Aaron Sorkin sí se llevó la estatuilla por su brillante guion original. Ahora, convertido también en director (su tercer largometraje luego de Molly´s Game, El Juicio de los 7 de Chicago y Conociendo a Ricardo), Sorkin regresa a ese universo con una historia que deja atrás la creación de la plataforma para examinar las consecuencias de su crecimiento descontrolado.

El poder de la red funciona como una suerte de continuación, aunque con una propuesta muy diferente. La película reconstruye la investigación periodística de Jeff Horwitz (Jeremy Allen White), del The Wall Street Journal, a partir de las revelaciones de Frances Haugen (Mikey Madison), una exempleada de Facebook que filtró documentos internos de la compañía. Lo que comienza como una investigación sobre el funcionamiento de la plataforma termina exponiendo una maquinaria capaz de amplificar la desinformación, alimentar discursos de odio y poner los intereses comerciales por encima de sus consecuencias sociales. A través de saltos temporales y distintos capítulos, Sorkin reconstruye los acontecimientos que desembocaron en una crisis de credibilidad para la empresa, con la toma del Capitolio estadounidense del 6 de enero de 2021 como uno de sus puntos culminantes.

Uno de los aspectos más interesantes del relato es su disparador: una joven progresista que había compartido estudios y experiencias con Haugen termina convertida en una figura radicalizada que difunde mensajes antiinmigrantes. Ese cambio despierta las preguntas que impulsan la investigación: ¿cómo alguien puede pasar de una posición política a otra completamente opuesta? ¿Cuánto hay de decisión individual y cuánto de una plataforma que aprende nuestros hábitos, detecta nuestras debilidades y nos ofrece cada vez más de aquello que nos mantiene conectados? La película encuentra en ese caso particular una puerta de entrada a un problema mucho más amplio: la capacidad de los algoritmos para intervenir en nuestras ideas y reforzar nuestros prejuicios mientras creemos estar eligiendo libremente.

Sorkin pone el foco en la lógica comercial de Facebook y en un modelo de negocio que premia la interacción, incluso cuando esta se consigue mediante la indignación o la confrontación. La reducción de los equipos encargados de evaluar los riesgos de determinados contenidos expone el conflicto entre la responsabilidad social y los intereses económicos de una empresa que necesita crecer constantemente. En ese escenario, Mark Zuckerberg, interpretado por Jeremy Strong, aparece como una figura ambiciosa, fría y obsesionada con preservar el alcance de su plataforma. Convencido de que defender la libertad de expresión alcanza para justificar su funcionamiento, parece incapaz de dimensionar el impacto de sus decisiones. Mikey Madison, por su parte, compone a una Frances Haugen que pasa de creer en el potencial de Facebook a enfrentarse con las contradicciones de una compañía cuyos principios quedan subordinados a los resultados. Jeremy Allen White aporta el contrapunto periodístico y acompaña el proceso mediante el cual una filtración se convierte en una investigación capaz de sacudir a una de las empresas más poderosas del mundo.

Aaron Sorkin vuelve a demostrar su dominio del diálogo y de los relatos complejos construidos a partir de hechos reales. Sin embargo, esa misma fortaleza también se convierte en una limitación. La acumulación de datos, estadísticas y explicaciones puede volver la película rígida, demasiado preocupada por ordenar la información y asegurarse de que el espectador comprenda cada pieza del rompecabezas. En comparación con Red social, falta aquella energía cinematográfica que convertía una disputa empresarial y legal en un retrato fascinante de la ambición humana. Fincher transformaba cada conversación en un enfrentamiento, mientras que Sorkin privilegia aquí el contenido y la dimensión periodística por encima de la puesta en escena. El resultado es una película seria y necesaria, aunque por momentos más explicativa que dramática.

Eso no significa que su propuesta pierda relevancia. Si la película original narraba el nacimiento de una herramienta que prometía conectar al mundo, esta nueva entrega examina qué sucede cuando esa conexión queda en manos de un sistema que convierte nuestros temores y prejuicios en mercancía. Su mayor virtud está en poner sobre la mesa una discusión urgente sobre el poder de las plataformas digitales y su influencia en la conversación pública. Quizás no tenga la elegancia ni la potencia narrativa de su antecesora, pero encuentra valor en la claridad con la que expone las contradicciones de una tecnología que ya forma parte de nuestra vida cotidiana.

El poder de la red no alcanza la grandeza de Red social, y la comparación resulta inevitable. Aun así, Sorkin construye una película importante, sostenida por buenas actuaciones y una mirada crítica sobre una de las plataformas más influyentes del mundo. Porque el problema no es solamente que Facebook sepa qué queremos ver, sino que haya encontrado la manera de convertir nuestro enojo en un negocio. Y cuando el algoritmo aprende que el odio vende, la pregunta deja de ser qué hacemos con las redes sociales para convertirse en otra mucho más inquietante: qué están haciendo las redes sociales con nosotros.

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