Este jueves se estrena en cines la sexta película de la saga creada por James Wong en el año 2000.
A 25 años del estreno que lo cambió todo, Destino Final: Lazos de sangre confirma que hay franquicias que, lejos de agotarse, encuentran en su propia repetición una forma de reinventarse. Lo que empezó como una vuelta de tuerca al slasher clásico —sin asesino tangible, sin final girl, pero con una muerte más omnipresente que nunca— hoy se consolida como una celebración autoconsciente del gore más creativo y absurdo.
Esta sexta entrega arranca en plena década del 60, cuando una joven pareja sube entusiasmada a un lujoso restaurante inaugurado en la cima de una torre de cientos de metros. La escena, tan elegante como tensa, se transforma pronto en una pesadilla: una visión apocalíptica anticipa una caída en cadena, una lluvia de cuerpos y un baño de sangre monumental. Esa premonición sirve, como siempre, para activar la huida y salvar a algunos pocos. Décadas más tarde, nos reencontramos con los descendientes de aquellos sobrevivientes, ahora atrapados en una nueva ronda del juego macabro que la muerte parece disfrutar.
Lo que Lazos de sangre propone no es mirar hacia atrás con nostalgia, sino abrazar con descaro lo que la saga ha venido construyendo entrega tras entrega: un catálogo de muertes imposibles, retorcidas, a veces cómicas, siempre grotescas. El suspenso quedó atrás, y la tragedia se volvió espectáculo.

Hay momentos de puro delirio, como una escena al ritmo de Air Supply que convierte lo bizarro en poesía sangrienta. El CGI, esta vez, acompaña en lugar de arruinar. Y el vértigo se vuelve literal en una secuencia de caída libre que desaconsejamos a quienes sufran de altura. Pero quizás el punto más emotivo es el regreso —y despedida— de Tony Todd, eterno William Bludworth, que parece entender las reglas invisibles de este juego sin fin. Un adiós sutil, como quien ya no necesita explicar nada.
Destino final 6 también deja en claro algo: esta saga es la obra maestra de un subgénero que ha influenciado a nuevas generaciones. Películas recientes como Smile (1 y 2) de Parker Finn o The Monkey de Oz Perkins le deben más de una idea a este universo donde el destino es inapelable y la muerte, creativa. Sin pretensiones, pero con astucia, la franquicia sigue marcando el ritmo.
La película se permite incluso coquetear con el melodrama absurdo, insertando conflictos familiares que no estorban, sino que condimentan. Y aunque el guión nunca pierde su vocación lúdica, sabe cuándo sorprender. Porque en esta saga, el verdadero placer está en adivinar qué objeto inofensivo se convertirá en la próxima trampa mortal.
Para quienes alguna vez se asustaron con una premonición, y para quienes hoy celebran el absurdo con una sonrisa torcida, esta sexta entrega es un recordatorio de que el cine de terror también puede divertirse. No hay moraleja, no hay redención. Solo una muerte elegante, ingeniosa, inevitable. Y mientras sigan encontrando nuevas formas de matarnos en pantalla, que nunca se termine.