Dolly-Juega conmigo: terror sucio, tensión y una casa donde nadie debería entrar

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Este jueves se estrena en cines la película de terror slasher independiente dirigida por Rod Blackhurst.

Hay películas que no disimulan sus influencias. Las abrazan, las replican y, en el mejor de los casos, las reinterpretan o le incorporan nuevos elementos. Dolly: Juega conmigo, de Rod Blackhurst, entra de lleno en esa categoría: un ejercicio de género que toma como referencia directa a The Texas Chain Saw Massacre y construye, a partir de ahí, su propio descenso a la incomodidad.

Desde su estética sucia, granulada (filmada en 16 mm), hasta la construcción de espacios —ese bosque aislado, esa casa que funciona como trampa— todo remite al clásico de Tobe Hooper. Pero donde más se siente esa influencia es en Dolly, un personaje siniestro, brutal, que parece estar atravesado por algo más profundo que la simple maldad: hay un dolor interno, una fractura mental que convierte su violencia en algo todavía más perturbador.

El reparto suma nombres inesperados para este tipo de propuesta. Seann William Scott (American Pie) y Ethan Suplee (Mi Nombre es Earl)aparecen completamente corridos de los registros con los que el público suele identificarlos, aportando una incomodidad extra desde sus propios personajes. Pero quien verdaderamente termina dominando la pantalla es Max “The Impaler”, luchador profesional conocido en el circuito como “Impaler”, encargado de darle cuerpo a Dolly con una presencia física intimidante, sumada a una máscara perturbadora y una manera muy animal de moverse.

La película juega con los tropos más reconocibles del género: el gato y el ratón, la final girl (Fabianne Therese), la supervivencia en espacios cerrados. Incluso intenta deslizar un subtexto vinculado a la maternidad —una protagonista que duda sobre formar una familia, enfrentada a una situación límite que la obliga a redefinirse—, pero esa capa narrativa termina diluyéndose frente a lo que realmente propone el film: una experiencia física, opresiva, incómoda.

No es tanto un festival de muertes como sí de tensión sostenida. Blackhurst entiende que el terror no siempre pasa por acumular cuerpos, sino por construir atmósfera. Y ahí la película funciona: en la asfixia, en los silencios, en esos momentos incómodos como la escena de la cena, donde lo grotesco roza lo absurdo y lo perturbador se vuelve casi ritual.

Claro que las comparaciones con Leatherface son inevitables. Dolly puede sentirse más como una réplica que como una reinvención, pero dentro de ese terreno conocido la película encuentra su eficacia. Dura lo justo, no se dispersa y entiende perfectamente qué tipo de experiencia quiere ofrecer. No es una obra maestra, pero dentro del terror de raíz más clásica, de ese que apuesta por lo físico, lo incómodo y lo visceral, es un producto sólido. Y para quienes disfrutan de ese cine, alcanza.

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