Este jueves se estrena en cines la nueva película del universo Star Wars dirigida por Jon Favreau y protagonizada por Pedro Pascal.
Si hay un producto que logró consolidarse como uno de los grandes aciertos del universo Star Wars en los últimos años, ese es sin dudas The Mandalorian. La creación de Jon Favreau supo encontrar algo que muchas veces las grandes películas de la saga habían perdido: explorar los rincones pequeños, marginales y sucios de la galaxia. Planetas olvidados, criaturas secundarias, cazadores, mercenarios, traficantes, especies consideradas monstruosas o directamente villanas. Un universo vivo que respiraba mucho más allá de los Skywalker y de las grandes batallas entre Jedi y Sith.
Con The Mandalorian & Grogu, Favreau toma todo ese espíritu construido a lo largo de las temporadas y lo traslada a una aventura cinematográfica que funciona como expansión natural de la serie, pero con mayor presupuesto y producción. La historia se ubica luego de los acontecimientos de la tercera temporada, con Mandalore nuevamente recuperado y Din Djarin (Pedro Pascal y Brendan Wayne, nieto de John Wayne) trabajando para la Nueva República realizando distintas misiones de captura bajo las órdenes de la coronel Ward, personaje interpretado por Sigourney Weaver, cuya presencia dentro del universo Star Wars resulta tan inesperada como disfrutable, al igual que la voz de Martin Scorsese. No tiene una participación gigantesca, pero sí aparece como una figura de autoridad importante dentro de esta nueva etapa política y militar de la galaxia.
La película abre con una espectacular secuencia en un planeta nevado donde Mando caza a un jefe imperial. Desde ahí queda claro algo: Favreau entiende perfectamente cómo filmar el punto de vista del cazador. La cámara sigue el movimiento del personaje entre disparos, persecuciones y enfrentamientos cuerpo a cuerpo, recuperando mucho de aquel espíritu western y aventurero que siempre tuvo la serie.

Pero el verdadero conflicto aparece cuando a Din Djarin le encargan una misión previa antes de atrapar a un misterioso líder imperial conocido como Lord Coin: rescatar a Rotta (voz de Jeremy Allen White), el hijo de Jabba the Hutt, desaparecido y buscado desesperadamente por los gemelos Hutt para recuperar el control del imperio criminal. Sin embargo, al encontrarlo, Mando descubre que Rotta no fue secuestrado. Simplemente escapó. Vive oculto en otro planeta, intentando alejarse de la estructura criminal de su familia mientras participa de peleas clandestinas.
Ahí es donde la película vuelve a encontrar uno de los elementos más interesantes de esta etapa de Star Wars: humanizar figuras históricamente monstruosas dentro de la saga. Favreau toma a un Hutt —criaturas que siempre fueron asociadas al crimen, la corrupción y el exceso— y les da otra dimensión. Rotta no se mueve ni actúa como los clásicos Hutt que conocemos. Hay algo casi salvaje y físico en él. Más musculoso, más ágil, mucho más brutal en combate. Sus escenas como gladiador clandestino contrastan completamente con la imagen pesada y grotesca de Jabba o de los propios gemelos Hutt, mucho más cercanos al estereotipo criminal tradicional. Incluso la visita a Nal Hutta termina de reforzar esa sensación de peligro permanente, de planeta oscuro y hostil dominado por estructuras mafiosas.
Cuando Din falla en cumplir su trato con los Hutt, es secuestrado por mercenarios y entregado a la organización criminal. Y entonces aparece el gran motor emocional de la película: Grogu deberá salir a rescatar a su padre adoptivo. Porque si algo entiende bien esta película es el vínculo entre ambos personajes. Más allá de las batallas espaciales, los monstruos gigantes, las persecuciones o las explosiones, el verdadero corazón sigue estando en esa relación entre un guerrero criado para la violencia y una pequeña criatura que lentamente lo obliga a conectar con algo más humano.
Y quizás sea esta la película donde Grogu más crece como personaje. Ya no es solamente la criatura adorable que debía ser protegida. Acá participa activamente, toma decisiones, actúa, se arriesga y hasta protagoniza secuencias heroicas por cuenta propia. Favreau entiende perfectamente cuánto conecta el personaje con el público y le da muchísimo más protagonismo, tanto desde la emoción como desde la aventura. Sus interacciones con los anzelanos —la especie de Babu Frik— aportan varios de los momentos más divertidos y tiernos de toda la película, mientras que técnicamente el trabajo con las marionetas, el CGI y los movimientos del personaje alcanzan probablemente su punto más logrado hasta ahora.
Visualmente, la película es exactamente lo que uno espera de este universo. Batallas aéreas, enfrentamientos cuerpo a cuerpo, criaturas gigantescas, persecuciones, peleas clandestinas y escenarios selváticos o desérticos que remiten constantemente al espíritu aventurero clásico de la saga. Incluso aparecen momentos con cierta estética de videojuego o hasta reminiscencias a algo cercano al combate brutal de Mortal Kombat, sobre todo en algunas secuencias físicas mucho más violentas y coreografiadas, al puro estilo John Wick.
También hay espacio para el suspenso y pequeños momentos de terror, con criaturas ocultas, algún jump scare y pasajes donde Favreau juega bastante bien con la oscuridad y la tensión. Y como siempre, la música vuelve a ser fundamental, mezclando los sonidos clásicos de Ludwig Göransson en la serie Wars con sintetizadores y variaciones electrónicas que le dan identidad propia al universo Mandalorian.
¿Es más de lo mismo? En parte sí. Pero también ahí reside gran parte de su encanto. Porque The Mandalorian & Grogu entiende perfectamente qué tipo de aventura quiere ser y qué es lo que el fanático viene a buscar: criaturas, galaxias marginales, batallas espaciales, western galáctico y el crecimiento emocional entre Mando y Grogu. Y mientras gran parte de Star Wars todavía parece debatirse entre la nostalgia y la necesidad de reinventarse, el universo Mandalorian sigue encontrando algo mucho más simple y efectivo: contar pequeñas historias dentro de una galaxia enorme.