Nada entre los dos: Taratuto se anima a mirar el desencanto de frente

Nuestra puntuación

Este jueves se estrena en cines argentinos la nueva película de Juan Taratuto protagonizada por Natalia Oreiro y Gael García Bernal.

Si hay algo que Juan Taratuto ha sabido construir a lo largo de su carrera es un tipo de cine popular capaz de conectar masivamente con el público sin perder cierta sensibilidad emocional. Películas como «No sos vos, soy yo», «Un novio para mi mujer«, «Papeles en el viento» o «Me casé con un boludo» encontraron un lugar dentro de la cultura popular argentina justamente porque entendían muy bien las miserias, contradicciones y vínculos cotidianos desde la comedia romántica. Cine eficiente, masivo y reconocible.

Después de varios años, Taratuto vuelve al cine con Nada entre los dos, pero esta vez alejándose bastante de aquella estructura más clásica de la comedia popular. Hay humor, sí, pero mucho más apagado, más melancólico, más atravesado por la introspección y el desgaste emocional. Y para contar esta historia se apoya en dos intérpretes enormes como Natalia Oreiro y Gael García Bernal, acompañados además por la presencia siempre efectiva de Peto Menahem.

La película sigue a Mechi (Natalia Oreiro) y Guillermo (Gael García Bernal), dos empleados de una multinacional alimenticia que coinciden en un viaje laboral en México luego de una crisis provocada por una intoxicación masiva vinculada a la empresa. Desde el comienzo, Taratuto juega con una estructura temporal interesante: la película abre con ambos compartiendo una conversación íntima desde habitaciones contiguas de hotel, en una escena cargada de complicidad, silencios y confesiones. Luego la historia retrocede unos días para mostrar cómo se conocieron y cómo fueron construyendo ese vínculo.

Mechi vive una realidad bastante reconocible para cualquier clase media argentina actual: problemas económicos, discusiones familiares, una hija adolescente con la que mantiene una relación tirante y un matrimonio desgastado junto a Kato, interpretado por Peto Menahem, un hombre inmaduro que persigue negocios improbables vinculados al universo cripto mientras intenta sostener una economía cada vez más frágil.

Guillermo, en cambio, parece pertenecer a otro mundo. Un empresario mexicano exitoso que ocupa un cargo jerárquico gracias, en parte, al peso económico y empresarial de la familia de su esposa. Pero detrás de esa vida acomodada aparece el mismo vacío emocional. La angustia, el cansancio, la sensación de una vida que ya no emociona demasiado. Incluso el dolor físico constante que atraviesa —un problema en el oído que Mechi logra aliviar— funciona casi como manifestación de algo más profundo: una incomodidad existencial permanente.

Entre reuniones corporativas, caminatas, charlas nocturnas y miradas cómplices, ambos empiezan a encontrar en el otro una especie de refugio emocional. Y ahí aparece el verdadero conflicto de la película. Porque Nada entre los dos no trabaja la infidelidad desde el escándalo ni desde el romanticismo idealizado. Lo que le interesa realmente es hablar del desgaste, de la rutina, de la insatisfacción de la mediana edad y de esas personas que llegan a los cincuenta preguntándose silenciosamente si la vida que construyeron era realmente la que querían vivir.

Taratuto se anima incluso a incomodar un poco más de lo habitual. Porque la película entiende que muchas veces las relaciones paralelas no aparecen necesariamente por falta de amor, sino por la necesidad desesperada de volver a sentirse escuchado, deseado o simplemente comprendido por alguien.

Hay algo interesante también en cómo el director construye a Guillermo y Kato casi como reflejos distintos de una misma masculinidad. Dos hombres completamente diferentes en apariencia, pero atravesados por inseguridades, frustraciones y mecanismos similares. Y eso lleva inevitablemente a preguntarse si Mechi no está, en el fondo, persiguiendo siempre una misma forma de vínculo afectivo.

Formalmente, Taratuto abandona bastante el ritmo veloz y el gag constante de sus trabajos anteriores. La película tiene pausas, silencios y momentos contemplativos que incluso por momentos la acercan más al drama romántico introspectivo que a la clásica comedia romántica argentina. Puede discutirse cierta mirada burguesa sobre los conflictos, sí, pero aun así logra conectar con algo bastante universal: el desencanto adulto, el miedo al paso del tiempo y la necesidad de encontrar, aunque sea por un instante, un pequeño escape emocional dentro de una vida que empieza a sentirse demasiado pesada.

Nada entre los dos encuentra justamente ahí su mayor virtud: en mostrar que muchas veces el amor no aparece para salvarnos, sino simplemente para hacernos más soportable el vacío.

Compartir: