El Gato con Sombrero es uno de esos personajes que forman parte del imaginario de varias generaciones. Creado por el escritor e ilustrador estadounidense Theodor Seuss Geisel, más conocido como Dr. Seuss, apareció por primera vez en un libro publicado en 1957. Desde entonces, el personaje tuvo distintas adaptaciones televisivas, entre ellas un especial animado de 1971 y una serie que se extendió entre 2010 y 2018. Pero para buena parte del público su imagen quedó inevitablemente asociada a El gato, aquella adaptación de acción real de 2003 protagonizada por Mike Myers. Nunca fui particularmente fanático del personaje ni de sus aventuras, más allá de haber visto algunas de sus producciones y tener presente aquella película.
Dirigida por Alessandro Carloni y Erica Rivinoja, esta nueva aventura presenta a un Gato con Sombrero que atraviesa una situación bastante particular: tiene una última oportunidad para demostrar su talento y evitar perder su puesto dentro de una organización dedicada a llevar imaginación e inspiración a los demás. Su misión será ayudar a Gabby y Sebastian, dos hermanos que acaban de mudarse junto a su madre a una nueva ciudad. Gabby es una joven trompetista que debe enfrentarse al desarraigo, la pérdida de sus amistades y la dificultad de construir nuevos vínculos. Un conflicto bastante reconocible , especialmente para los más chicos, que encuentran en una mudanza la sensación de tener que empezar todo de nuevo.
Y ahí aparece nuestro protagonista, un agente del caos que tiene una particular habilidad para transformar cualquier situación cotidiana en un verdadero desastre. Con su sombrero mágico, su personalidad irreverente y el Vapatras, un reloj muy especial capaz de hacer retroceder el tiempo, el Gato intentará resolver los problemas de los hermanos. Claro que, como suele suceder con sus intervenciones, las cosas no salen exactamente como estaban previstas. El reloj termina convirtiéndose en el centro de una serie de complicaciones, mientras aparece el «Algo», una criatura obsesionada con recuperarlo y los personajes se ven arrastrados a una aventura que los lleva a explorar recuerdos, emociones y los pequeños universos personales que cada uno guarda dentro de sí.
La película combina varios elementos que ya conocemos de otras producciones animadas contemporáneas. Es inevitable pensar en Intensamente cuando el relato se introduce en el mundo de los recuerdos y las emociones, o incluso encontrar algunos ecos de Barbie en su manera de jugar con determinados conceptos vinculados a la identidad, los mandatos y los vínculos madre-hija. La historia habla del crecimiento, de los sueños, de los vínculos familiares y de lo que significa dejar atrás una etapa para empezar otra. También se permite una reflexión sobre la adultez y sobre cómo, a medida que crecemos, muchas veces vamos relegando esa capacidad de jugar, imaginar y sorprendernos que caracteriza a la infancia.

Uno de los momentos más interesantes aparece cuando la película se sumerge en los recuerdos de la madre, explorando ese universo íntimo que todos construimos con experiencias, objetos y momentos que nos acompañan a lo largo de la vida. Allí encuentra algunas de sus ideas más atractivas y demuestra que, detrás de todo el descontrol, hay una intención de conectar con espectadores de distintas edades.
Sin embargo, donde realmente encuentra su mayor fortaleza es en el despliegue visual y en la creatividad de su animación. El diseño de los personajes, los colores, las formas y los escenarios construyen un universo que parece estar permanentemente a punto de desbordarse. Las rimas, los juegos de palabras y las situaciones absurdas funcionan como parte de una identidad visual que nunca se queda quieta. Y cuando aparecen «las cosas», esos pequeños personajes peludos que acompañan al Gato, con una energía que por momentos recuerda a los Minions, los Trolls y los Oompa-loompa, la película encuentra algunos de sus momentos más divertidos.
El Gato con Sombrero es una producción efectiva, colorida y entretenida, que encuentra en su imaginación visual su principal atractivo. Quizás su historia no resulte demasiado novedosa y algunos de sus conceptos remitan inevitablemente a otras películas que ya exploraron territorios similares. Pero eso no le impide construir una aventura simpática, con momentos de humor y una mirada bastante amable sobre los cambios que atravesamos durante la infancia.
No soy precisamente un nostálgico del personaje ni alguien que haya esperado durante años una nueva adaptación de sus aventuras. Sin embargo, la película ofrece un entretenimiento disfrutable tanto para los chicos como para los adultos que estén dispuestos a dejarse llevar por su universo de colores, rimas y disparates.