GODZILLA MINUS ZERO: EL REY DE LOS KAIJU VUELVE A HACER TEMBLAR LA PANTALLA GRANDE

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Tres años después del estreno de Godzilla Minus One, Takashi Yamazaki vuelve a ponerse al frente del célebre monstruo japonés con Godzilla Minus Zero, una secuela que llega después de que su antecesora se transformara en un fenómeno internacional. Aquella película, que tuvo una circulación cinematográfica bastante particular en nuestro país y encontró buena parte de su público gracias al boca a boca y su posterior llegada a Netflix, no solamente recuperó el espíritu del Godzilla clásico, sino que también sorprendió al mundo al quedarse con el Oscar a mejores efectos visuales. Un reconocimiento que terminó de poner a Yamazaki en el centro de la escena y alimentó las expectativas por una continuación.

Esta nueva entrega nos traslada a 1949, dos años después de los acontecimientos de la película anterior. Volvemos a encontrarnos con Koichi Shikishima y Noriko, intentando reconstruir sus vidas y sostener la familia que formaron junto a su pequeña hija adoptiva. Pero la aparente tranquilidad de la posguerra vuelve a quedar amenazada cuando una nueva catástrofe pone en peligro todo lo que Japón había conseguido recuperar. La historia recupera también a otros personajes conocidos, como Kenji Noda, ahora al frente de la oficina de respuesta a desastres, y suma nuevas figuras fundamentales para enfrentar la amenaza.

Esta vez, sin embargo, Godzilla no será el único protagonista del desastre. La aparición de King Ghidorah, el legendario dragón de tres cabezas, dos colas y una capacidad de destrucción extraordinaria, cambia por completo las reglas del juego. Frente a una amenaza de semejante magnitud, la humanidad deberá recurrir a una alternativa tan desesperada como peligrosa: recuperar a Godzilla desde las profundidades del océano para enfrentar a su tradicional enemigo. A partir de ahí, la película despliega una sucesión de peripecias, revelaciones y enfrentamientos sobre los que conviene no adelantar demasiado. Parte del disfrute está justamente en descubrir cómo se desarrolla esta nueva batalla.

Como ya sucedía en Godzilla Minus One, Yamazaki no utiliza a sus monstruos solamente como excusa para desplegar destrucción y efectos especiales. Detrás de cada enfrentamiento vuelve a aparecer el trauma de la guerra, las heridas que dejó la bomba de Hiroshima y las consecuencias que siguen atravesando a una sociedad que todavía intenta reconstruirse. La película también incorpora una mirada sobre el medioambiente y las consecuencias de intervenir sobre la naturaleza. En ese sentido, el director mantiene una de las marcas más interesantes de su antecesora: el espectáculo funciona como vehículo para hablar de los miedos, las pérdidas y las contradicciones humanas.

La diferencia está en que esta vez la apuesta por el melodrama aparece mucho más subrayada. Hay momentos en los que las emociones se estiran, algunos diálogos remarcan demasiado aquello que la imagen ya había conseguido transmitir y determinadas actuaciones pueden caer en cierta exageración. El relato coral también amplía la cantidad de personajes y conflictos, aunque no todos alcanzan la misma profundidad. Para quienes llegan buscando una película de acción constante, con monstruos destruyendo ciudades y enfrentamientos sin pausa, esta mayor presencia del drama puede resultar un tanto excesiva.

Pero cuando Godzilla Minus Zero decide desplegar su arsenal cinematográfico, demuestra por qué merece ser disfrutada en la pantalla más grande posible. La persecución aérea en la que los protagonistas intentan enfrentar a Ghidorah y, especialmente, la batalla final entre los dos titanes ofrecen algunos de los momentos más impactantes de la película. El vértigo, la escala de los enfrentamientos y el diseño de los monstruos adquieren otra dimensión cuando se proyectan en una sala IMAX.

Y en mi caso tuve la posibilidad de verla en el IMAX de Showcase, una experiencia que permite apreciar todavía más el trabajo de Yamazaki. No es un dato menor: Godzilla Minus Zero fue filmada para IMAX y representa la primera producción japonesa concebida específicamente para este formato. La amplitud de imagen y el diseño sonoro potencian la espectacularidad de cada secuencia, convirtiendo la experiencia cinematográfica en una parte fundamental de la propuesta.

También hay algo muy atractivo en su estética. A diferencia de buena parte de las producciones estadounidenses contemporáneas, donde el CGI suele dominar cada plano, el cine de Yamazaki conserva una sensibilidad que remite a otra época. Hay una combinación de efectos digitales y una puesta en escena que recupera cierta magia del cine clásico de monstruos. Por momentos, las criaturas parecen integrarse a los escenarios con esa apariencia de artificio que, lejos de jugar en contra, termina aportando una identidad visual particular. Es una película que entiende el valor de la nostalgia sin renunciar a las posibilidades técnicas del presente.

Godzilla Minus Zero quizás no alcance la contundencia narrativa ni el impacto emocional de Godzilla Minus One. Su mayor apuesta por el melodrama, la duración de algunas escenas y ciertos excesos le restan algo de precisión. Sin embargo, sigue siendo una muy buena secuela, con momentos de enorme espectacularidad y una identidad cinematográfica que la diferencia de otras producciones del género. Para los nostálgicos del Godzilla japonés y los amantes del cine de kaijus, es una cita obligada. Y para quienes tengan la posibilidad de verla en IMAX, mucho mejor: porque hay películas que se disfrutan en cualquier pantalla, pero otras necesitan que la pantalla sea tan grande como el monstruo que tienen enfrente.

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