Este jueves se estrena en cines la película de Lucía Puenzo, protagonizada por Luisana Lopilato.
Margarita Di Tullio fue uno de esos personajes que cobraron notoriedad en la Argentina de los años 80. Una mujer vinculada al mundo de la prostitución, acusada de administrar prostíbulos y conocida por haber asesinado a tres hombres en situaciones que ella sostuvo fueron en defensa propia. Todo eso terminó construyendo alrededor suyo un personaje casi de leyenda: Pepita, la Pistolera. Pero detrás del apodo, de los titulares y de la imagen de la mujer armada, había una historia bastante más compleja para contar. Y es ahí donde Lucía Puenzo (XXY, Wakolda y El Niño Pez, entre otras) encuentra el verdadero interés de su película.
Porque Pepita, la Pistolera no busca simplemente reconstruir la vida de Margarita Di Tullio. Puenzo elige meterse en los márgenes, en sus comienzos, en las amistades que fue construyendo y, fundamentalmente, en su relación con las trabajadoras sexuales que formaban parte de ese universo. En medio aparece también la amenaza de El Loco de la Ruta (Margarita Di Tullio fue inculpada por la policía), los asesinatos de mujeres y un sistema en el que la violencia contra ellas parece formar parte de las reglas del juego. La película adopta entonces el tono de un policial de intriga, de una historia de mafias y marginalidad, pero debajo de esa estructura hay también un retrato de una mujer intentando encontrar su lugar dentro de un mundo dominado por hombres.
Y ahí aparece la primera transformación que propone Puenzo: recuperar la imagen de Pepita y llevarla a otro lugar. No solamente fue una mujer que construyó su propia red de prostitución para hacer un negocio, sino alguien que, dentro de ese mismo sistema, consiguió generar una red de protección y contención para sus compañeras. Mujeres sometidas por un sistema patriarcal y machista, expuestas permanentemente a la violencia de los cafishos, de la policía y de aquellos que tenían poder. El negocio de Pepita, instalado en la zona del puerto, se convierte así en algo más complejo que un prostíbulo: es también una comunidad de mujeres vulnerables que encuentran en ella una figura capaz de protegerlas.

Pero la película tampoco la convierte en una heroína. Margarita es una mujer poderosa, inteligente y capaz de operar dentro de un sistema que sabe perfectamente cómo funciona. No puede modificar las reglas, entonces aprende a jugar con ellas. La presión de El Cuervo, interpretado de manera notable por Alberto Ajaka, dueño del burdel y cafisho que maneja la red de trabajadoras sexuales, funciona como una de las principales fuerzas que la empujan a tomar decisiones cada vez más arriesgadas. A su alrededor aparecen las traiciones, las complicidades policiales y judiciales y esa estructura de poder que llega hasta las altas esferas. Pepita no está afuera de ese sistema: forma parte de él, pero también intenta encontrar la manera de enfrentarlo.
Luisana Lopilato se luce como Margarita y encuentra uno de los papeles más logrados de su carrera. La actriz construye una Pepita que entiende rápidamente que para sobrevivir necesita convertirse en una operadora. Hay inteligencia, instinto y determinación en cada una de sus decisiones, incluso mientras atraviesa un embarazo y busca desarmar la red delictiva que la somete. Pero lo interesante es que Lopilato nunca interpreta solamente a una mujer fuerte: debajo de esa fortaleza aparecen también el miedo, la vulnerabilidad y la necesidad de proteger a quienes la rodean. Charo López, como Nemeca, su amiga íntima, aporta además una dimensión afectiva fundamental, mientras que Claudio Tolcachir vuelve a demostrar su enorme capacidad para construir personajes con muy pocos elementos.
Como suele suceder con Puenzo, la película tiene un ritmo dinámico y una narración que no pierde de vista el suspenso. La directora consigue combinar policial, drama y relato de mafias sin que ninguno de esos elementos termine fagocitando al otro. Hay violencia, traiciones y tensión, pero también hay espacio para que los vínculos expliquen las decisiones de los personajes. Y en esa construcción resulta especialmente destacable la iluminación y la puesta en escena de esos espacios portuarios, los prostíbulos, los interiores cargados y esa atmósfera de época construyen un universo oscuro, marginal y amenazante.
Lo más interesante de Pepita, la Pistolera termina estando justamente en esa contradicción. Puenzo toma a una mujer que la historia popular convirtió en una criminal, una mujer asociada a una pistola y a tres muertes, y decide mirar qué había detrás de esa imagen. No para absolverla ni para romantizarla, sino para mostrar el contexto que la rodeaba: una sociedad atravesada por el machismo, la violencia, la prostitución, las complicidades institucionales y un poder que muchas veces estaba del otro lado de la ley. Margarita entiende ese mundo y consigue convertirse en alguien poderosa dentro de él.
Y quizás ahí esté el mayor mérito de la película: no intenta quitarle la pistola a Pepita, sino preguntarse por qué tuvo que aprender a usarla. Lucía Puenzo construye un policial de época atrapante, con buenas actuaciones, suspenso, marginalidad y una protagonista que se mueve en esa zona incómoda donde víctima, victimaria y sobreviviente pueden convivir en una misma persona. Detrás de Pepita, la Pistolera está Margarita Di Tullio, pero también están todas esas mujeres que encontraron en ella una forma de protección frente a un sistema que parecía no tener ninguna para ofrecerles.