Zona Cero (Colony): todos somos uno

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Este jueves se estrena en cines la nueva película de zombies del director de Train to Busan.

El pensamiento único, la mente colmena, esa idea de una conciencia universal capaz de conectar a todos los individuos en un solo organismo y, en el mejor de los casos, hacernos sentir lo que siente el otro, parece estar atravesando buena parte de la ciencia ficción contemporánea. Hace poco, Vince Gilligan tomó ese concepto en Pluribus, su serie para Apple TV, y lo llevó hacia un territorio completamente diferente: una combinación de drama, ciencia ficción y comedia negra en la que una humanidad conectada en una sola conciencia vive en un estado de felicidad permanente, mientras unos pocos individuos que conservan su autonomía deben enfrentarse a esa nueva realidad. Ahora Yeon Sang-ho, director de Train to Busan, recupera una idea similar pero la lleva directamente al terreno del cine de zombis. Y ahí aparece Zona Cero (Colony).

No es un dato menor que sea Sang-ho quien vuelva sobre este territorio. Train to Busan se convirtió en una de las grandes películas del cine de zombis contemporáneo y, sin dudas, es uno de esos títulos que aparecen cada vez que uno hace un repaso por lo mejor que dio el subgénero en las últimas décadas. Esta vez, sin embargo, el director no busca repetir aquella fórmula. Durante una conferencia de biotecnología en Seúl, un virus de rápida mutación es liberado y transforma a los asistentes en una nueva generación de infectados. El edificio queda inmediatamente en cuarentena y un grupo de sobrevivientes, encabezado por la profesora Se-jeong (Jun Ji-hyun), deberá encontrar la manera de escapar mientras descubre que esos zombis funcionan bajo una lógica completamente diferente.

Porque estos zombis tienen algo que los vuelve especialmente inquietantes: son una mente colmena. Todos están conectados. Lo que uno percibe puede ser transmitido al resto y aquello que uno aprende puede ser incorporado por los demás. Por eso las criaturas evolucionan delante de nuestros ojos: primero se arrastran, después consiguen ponerse de pie, luego caminar y finalmente encuentran nuevas formas de desplazarse y atacar. El primero de los infectados, la llamada mente mayor, funciona como una especie de cerebro central que organiza al resto. Ya no estamos frente a cientos de cuerpos que actúan individualmente, sino frente a una única entidad compuesta por cientos o miles de cuerpos.

Y ahí es donde Zona Cero encuentra su conexión más interesante con Pluribus, aunque ambas obras tomen caminos completamente diferentes. Gilligan imaginaba el horror de dejar de ser un individuo en un mundo donde todos piensan, sienten y desean lo mismo. Sang-ho lleva esa misma idea al extremo más físico: la pérdida de la individualidad se convierte en una amenaza zombi. En Pluribus, la mente colectiva puede representar una sociedad sin conflicto, donde todos son empáticos y aparentemente felices; en Zona Cero, esa conexión absoluta se transforma en violencia, contagio y supervivencia. Una plantea el interrogante desde la comedia negra y el drama; la otra, desde la sangre, la acción y el terror.

Pero las dos terminan preguntándose algo parecido. Porque debajo de todo el frenesí, Sang-ho está hablando justamente de eso. De la comunicación, de la empatía, de la soledad y de nuestra necesidad permanente de conectarnos con los demás. La película pone en escena teléfonos celulares, tecnología y diferentes herramientas de comunicación que deberían servir para acercarnos, pero que muchas veces, cuando son mal utilizadas, terminan generando exactamente lo contrario. Podemos estar conectados todo el tiempo y, sin embargo, seguir sin entender al que tenemos al lado. La mente colmena aparece entonces como una exageración de algo que ya existe en nuestra sociedad: el deseo de pertenecer, de compartir un mismo pensamiento, de formar parte de algo, pero también el peligro de perder aquello que nos hace individuos.

Pero Sang-ho nunca se olvida de que está haciendo una película de zombis. Zona Cero es una película que prácticamente no frena. La acción es constante, los infectados evolucionan permanentemente y el grupo de sobrevivientes debe encontrar una salida de ese edificio convertido en una gigantesca zona de cuarentena. Pero, como ya había demostrado en Train to Busan, el director entiende que para que el espectáculo funcione tiene que haber personas detrás de él. Por eso aparecen los conflictos personales: Se-jeong lidiando con su exmarido y con una vida que parece estar tomando caminos que ella no eligió; un hermano que no abandona a su hermana paralítica; tres jóvenes atravesados por una relación conflictiva y por el bullying; y un policía que intentará llevar a la mente mayor hasta la azotea con la esperanza de que allí pueda estar la respuesta para detener el contagio.

Ahí está la virtud de Yeon Sang-ho. Puede llenar la pantalla de zombis, violencia y persecuciones, pero siempre encuentra un espacio para hablar de los vínculos humanos. Y la amenaza de convertirse en parte de una conciencia colectiva funciona justamente porque primero nos muestra cuánto necesitamos a los demás y, al mismo tiempo, cuánto necesitamos seguir siendo nosotros mismos. Zona Cero puede leerse entonces como una película de zombis clásica con una mutación conceptual bastante interesante: los muertos no solamente quieren comerte, quieren convertirte en uno de ellos.

Yeon Sang-ho lo vuelve a hacer. Después de Train to Busan, regresa al cine de zombis sin repetir exactamente la fórmula que lo convirtió en uno de los grandes nombres del género. Zona Cero es frenética, violenta, dramática y conceptualmente ambiciosa. Una película que utiliza el terror para hablar de la comunicación, la tecnología, la empatía, la soledad y esa paradoja tan contemporánea de estar permanentemente conectados pero cada vez más aislados.

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