El Mal: el regreso furioso de Juanma Bajo Ulloa

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Dentro de la sección Hora Cero del Festival Internacional de Cine de Mar del Plata, se proyectó la nueva película del famoso director español.

Para quienes seguimos a Juanma Bajo Ulloa desde los 90, con obras como Alas de Mariposa, La Madre Muerta y Airbag —ese cine español desafiante, insolente, mezcla de fantasía, caos y pulsión oscura—, su regreso siempre genera expectativa. Después de años difíciles y proyectos irregulares, vuelve ahora con El Mal, una película que intenta recuperar aquel filo revulsivo, aunque con resultados desparejos.

La historia sigue a Elvira (Belén Fabra), una escritora en crisis que busca, desesperadamente, el libro que la devuelva al centro de la escena. Viene de un éxito polémico, criticado por “justificar” delitos en sus interpretaciones, y su carrera está empantanada. A eso se suma un vínculo afectivo y amoroso complicado con su editor, interpretado por Tony Dalton, que funciona como sostén y presión al mismo tiempo.

Cuando aparece en su vida una joven enigmática —interpretada por Natalia Tena—, la trama toma un giro sin retorno. La chica asegura poseer un don oscuro y le propone escribir un libro basado en sus propios asesinatos, que va cometiendo uno por uno en una ciudad española cada vez más inquieta. Lo que empieza como una curiosidad literaria se transforma rápidamente en un descenso a un pozo de violencia, manipulación y maldad pura.

La película se mueve entre el thriller psicológico y el terror, con momentos realmente potentes y otros más torpes. Ulloa recupera esa energía sucia y perturbadora que lo hizo célebre, pero por momentos se excede en explicaciones, verbaliza demasiado el concepto del “mal” y repite ideas que ya estaban claras con la puesta en escena.

En paralelo, la protagonista intenta sostener el vínculo con su hija adolescente, quien, según algunas señales inquietantes, también podría estar marcada por esa misma oscuridad. El film juega ahí una carta interesante: la maternidad como territorio contradictorio, tóxico, demandante, y la idea de que el mal puede heredarse o incubarse sin aviso.

El Mal encuentra su mayor fuerza en la última media hora, donde Ulloa se desata y la película finalmente respira su propia lógica interna: puertas que se abren hacia lo desconocido, violencia estilizada, y un crescendo narrativo que recupera algo de la locura que uno espera de él. No es un regreso perfecto, pero sí uno intensamente personal. Y cuando Ulloa se permite ser el cineasta visceral, excesivo e incómodo, que siempre fuea.

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