Se estrenó en cines argentinos la nueva entrega de la clásica saga creada por Sam Raimi en 1981.
Hay franquicias que sobreviven gracias a la nostalgia. Otras porque saben reinventarse. Evil Dead pertenece a un grupo mucho más reducido: el de aquellas que nunca perdieron su identidad. Desde que Sam Raimi revolucionó el cine de terror en 1981 con aquella pequeña película filmada casi de manera artesanal en una cabaña perdida en el bosque, la saga encontró un ADN propio donde el horror más salvaje convive con el humor negro, el exceso visual y una violencia tan desmesurada que muchas veces termina siendo tan divertida como perturbadora.
Después del regreso que significó la remake de 2013 del director uruguayo Fede Alvárez y Evil Dead Rise de Lee Cronin (aquella que cambió los bosques por un departamento), la franquicia vuelve con Evil Dead: En llamas, esta vez dirigida por el francés Sébastien Vaniček, una de las voces más interesantes del nuevo terror europeo luego de Vermin (Notable debut que combinaba una plaga de arañas mortales con una lectura social sobre la vida en los suburbios parisinos),. Y se nota desde el primer minuto. Vaniček entiende perfectamente qué hace grande a Evil Dead: no intenta cambiar sus reglas, sino potenciarlas.
La historia sigue a Alice (una enorme Souheila Yacoub), una mujer que, tras la muerte de su marido, se refugia junto a la familia de él en una aislada casa en el bosque. Allí, el reencuentro familiar pronto se transforma en una pesadilla cuando los Deadites vuelven a hacer de las suyas. Pero detrás de la sangre, las posesiones y los cuerpos destrozados aparece algo más interesante: una película que utiliza el terror para hablar de los vínculos familiares, de la violencia heredada y de esos mandatos que muchas veces sobreviven incluso después de la muerte.

Si algo distingue a esta entrega es la forma en que combina la tradición de la saga con la brutalidad del terror francés contemporáneo. Vaniček recoge buena parte del espíritu de aquella Nuevo Extremismo Francés que dejó títulos como Martyrs, Alta Tensión o Inside y lo mezcla con el universo delirante creado por Raimi. El resultado es una película donde el gore vuelve a ocupar el centro de la escena. Hay mutilaciones, litros de sangre, posesiones demoníacas y varias secuencias que obligan literalmente a desviar la mirada. Los fanáticos de la saga encontrarán varias de esas escenas incómodas, excesivas y creativas que siempre hicieron de Evil Dead una experiencia distinta.
Pero la película también recupera otro elemento fundamental: el humor negro. Porque incluso en medio del caos, Vaniček nunca pierde de vista que Evil Dead siempre funcionó mejor cuando el espanto convivía con cierto espíritu lúdico. Esa mezcla entre horror extremo y humor macabro vuelve a aparecer constantemente, equilibrando una atmósfera opresiva que no concede demasiados momentos de respiro.
Desde lo formal, el trabajo es impecable. La cámara de Philip Lozano recorre pasillos, habitaciones y espacios reducidos con una fluidez extraordinaria, convirtiendo cada ataque en una verdadera coreografía de violencia. Hay planos secuencia, movimientos vertiginosos y un aprovechamiento notable de los espacios cerrados que generan una tensión permanente.
Souheila Yacoub sostiene todo ese despliegue con una protagonista física, vulnerable y feroz al mismo tiempo. Como sucedía con Ash Williams (el juego consiste en encontrar la foto), Alice termina siendo una persona común obligada a convertirse en sobreviviente. Los homenajes a la trilogía original aparecen repartidos durante toda la película, pero nunca se sienten forzados. Son guiños pensados para quienes crecieron con la saga sin impedir que los nuevos espectadores puedan disfrutarla por sí sola.
Quizás el guion no profundice demasiado en algunos conflictos que plantea y ciertos comentarios sobre la violencia doméstica o las masculinidades queden apenas insinuados. Pero tampoco parece ser esa la intención. Evil Dead: En llamas apuesta por otra cosa: ofrecer noventa minutos de terror salvaje, creativo y profundamente físico.
Y lo consigue. Porque cuando las luces se apagan, lo que queda es exactamente lo que uno espera de una película de Evil Dead: mucho gore, una atmósfera asfixiante, humor negro revoloteando entre la sangre y un director que entiende que, casi cincuenta años después, los Deadites siguen siendo una de las criaturas más divertidamente monstruosas que dio el cine de terror. Para los fanáticos de la saga, la misión está cumplida.