Este jueves se estrena en cines argentinos la película de la superheroína de DC Comics que amplía el universo comandado por James Gunn.
Algo que el nuevo universo DC parece haber entendido desde el principio: antes de construir grandes eventos, necesita construir personas. O al menos intentarlo. Después de años de tropiezos, reinicios y un universo cinematográfico que terminó de clausurarse con The Flash de Andy Muschietti, la llegada de James Gunn como arquitecto creativo abrió una nueva etapa para la editorial. Una etapa que comenzó con Superman y que ahora continúa con Supergirl, dirigida por Craig Gillespie y protagonizada por Milly Alcock.
La película retoma a Kara Zor-El poco después de aquella breve aparición que cerraba Superman. Pero rápidamente deja algo en claro: esta no es una versión femenina de Clark Kent. Mientras Superman encontró en la Tierra un hogar, una familia y un propósito, Kara sigue siendo una extranjera permanente. Una sobreviviente incapaz de procesar la pérdida de Krypton y de Argo City. Una joven que atraviesa la galaxia saltando de planeta en planeta, refugiándose en fiestas interminables y en una búsqueda desesperada por encontrar algún lugar donde sentirse parte. Ese vacío existencial se convierte en el verdadero motor de la película.
La historia comienza cuando Kara conoce a Ruthie, una adolescente cuya familia fue asesinada por Krem, el líder de los Brigands, un brutal líder criminal interplanetario. Convencida de que la única forma de encontrar paz es la venganza, la joven buscará la ayuda de Supergirl para perseguir a los responsables. Sin embargo, la situación se complica cuando durante uno de los enfrentamientos los villanos logran envenenar a Krypto y escapar con el antídoto.
A partir de allí comienza una carrera contrarreloj que obliga a Kara a atravesar distintos mundos (emparejada con el universo Star Wars o más reciente a Guardianes de la Galaxia), para enfrentarse a mercenarios, traficantes y tratantes de blancas, mientras intenta salvar a su inseparable compañero. Y sí, hay algo casi johnwickiano en esa necesidad desesperada de proteger a una mascota que representa el último vínculo afectivo genuino que le queda a la protagonista.

Tampoco es casual que detrás de cámara esté Craig Gillespie. El director ya había demostrado en I, Tonya y Cruella su capacidad para construir personajes femeninos atravesados por conflictos internos, rebeldía y una sensación de no pertenecer. Kara Zor-El encaja en esa tradición. Es impulsiva, autodestructiva, emocionalmente inestable y vulnerable. Gillespie entiende que antes que una superheroína, Supergirl es una joven intentando descubrir quién quiere ser y qué lugar ocupa dentro de un universo que le arrebató todo.
Craig Gillespie construye una aventura espacial entretenida y dinámica, aunque no siempre logra escapar de cierta sensación de familiaridad y de fórmula repetida. Algunas secuencias visuales recuerdan problemas que ya aparecían en The Flash: fondos digitales demasiado evidentes, escenas de acción que por momentos pierden peso físico y una espectacularidad que rara vez alcanza momentos realmente memorables.
Tampoco todos los personajes secundarios terminan de desarrollarse con la misma profundidad. Algunas resoluciones vinculadas al Lobo de Jason Momoa —que seguramente entusiasmarán mucho más a los fanáticos históricos de DC— pueden resultar algo abruptas para quienes no conocen demasiado su mitología previa.
Pero donde la película sí encuentra su mejor versión es en la relación entre Kara y Ruthie. Porque detrás de la persecución espacial, de los combates, de los monstruos y de las explosiones, aparece una historia sobre el duelo. Sobre dos personas marcadas por la pérdida. Dos personajes que intentan llenar vacíos imposibles de llenar y que terminan encontrando compañía en el dolor compartido. Milly Alcock entiende esa dimensión del personaje. Construye una Kara vulnerable, impulsiva, herida y muchas veces contradictoria. Una heroína que todavía está lejos de convertirse en el símbolo que representa Superman y que justamente por eso resulta interesante.
Otro de los aspectos más logrados de la película es su banda sonora. Gillespie vuelve a demostrar la misma sensibilidad musical que ya había exhibido en trabajos anteriores, construyendo una selección de canciones que dialoga directamente con el espíritu errante de Kara. Suenan referentes de distintas generaciones lideradas por mujeres, desde clásicos como Blondie hasta bandas contemporáneas como Wet Leg, Wolf Alice, Hana Vu y Rilo Kiley componiendo un recorrido musical que acompaña el carácter rebelde, despreocupado e inconformista de la protagonista.
La película sigue muchos de los caminos habituales del cine de superhéroes contemporáneo y rara vez abandona su zona de confort narrativa. Pero funciona como presentación de personaje y como pieza dentro del nuevo rompecabezas que James Gunn está construyendo para DC. Quizás Supergirl no alcance la humanidad, la emoción ni la frescura que convirtió a Superman en una de las mejores películas recientes del género. Pero sí consigue algo importante: darle identidad propia a Kara Zor-El. Y en un universo que recién empieza a construirse, eso ya es un buen punto de partida.