El Afinador: cuando el oído perfecto se convierte en la herramienta del crimen

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Este jueves se estrena en cines la primera película ficción del canadiense Daniel Roher, ganador del Óscar por el documental Navalny.

No todos los thrillers necesitan persecuciones frenéticas o grandes conspiraciones para generar tensión. A veces alcanza con un sonido fuera de lugar, una tecla apenas desafinada o el clic preciso de una cerradura. El Afinador, dirigida por Daniel Roher, encuentra justamente ahí su identidad: en la escucha. En convertir al sonido en el verdadero protagonista de una historia que mezcla el policial clásico con el universo de la música.

Nikki (Leo Woodall) padece hiperacusia, una condición que convierte cada ruido en una experiencia extrema, pero que también le otorga una sensibilidad extraordinaria para detectar la más mínima imperfección sonora. Esa capacidad lo llevó a trabajar junto a Harry (Dustin Hoffman), un veterano afinador de pianos que comienza a perder la audición. Maestro y aprendiz recorren las mansiones de familias adineradas restaurando instrumentos que, en algunos hogares, siguen siendo parte de la vida cotidiana y, en otros, apenas un objeto de decoración. Sin embargo, ese oído privilegiado también despierta el interés de una banda dedicada a instalar sistemas de seguridad que, aprovechando la información sobre los movimientos de sus clientes, organiza robos a cajas fuertes. Nikki descubre que su talento puede abrir mucho más que un piano.

Lo que comienza como un trabajo ocasional para costear el tratamiento médico de Harry termina convirtiéndose en una trampa de la que resulta difícil escapar. En paralelo, el protagonista conoce a Ruthie (Havana Rose Liu), una brillante estudiante del conservatorio, mientras afloran las heridas de su propio pasado: alguna vez fue un pianista prodigio, pero un trauma truncó la carrera que parecía destinada a llevarlo a los grandes escenarios. Esa doble condición —músico frustrado y ladrón por necesidad— le aporta una humanidad que vuelve muy cercano al personaje.

Roher construye un thriller de la vieja escuela, apoyado menos en los giros de guion que en la precisión de su puesta en escena. El diseño sonoro es extraordinario: cada nota, cada respiración y cada pequeño ruido tienen un peso dramático. La música compuesta por Marius de Vries funciona como el puente entre el suspenso y la elegancia de la música clásica, elevando secuencias que podrían haber sido convencionales.

Las comparaciones con Baby Driver resultan inevitables. Como el personaje de aquella película, Nikki posee un talento excepcional que termina poniéndose al servicio del delito mientras intenta encontrar una salida impulsado por el amor y por la necesidad. Pero El Afinador encuentra su propia personalidad en el tratamiento del sonido y en una narración que entiende cuándo acelerar y cuándo detenerse para dejar que el silencio haga su trabajo.

La gran escena del film llega en el desenlace. Mientras Ruthie interpreta la pieza decisiva frente al exigente maestro encarnado por Jean Reno, Nikki intenta abrir una caja fuerte en una secuencia de montaje paralelo donde la música y el suspenso se funden con una precisión admirable. Es allí donde Roher demuestra su mayor talento como narrador y donde la película alcanza su punto más alto.

Impulsado por el enorme carisma de Leo Woodall —que sigue consolidándose tras The White Lotus, One Day, Prime Target y Bridget Jones: Loca por él— y por la siempre sólida presencia de Dustin Hoffman, El Afinador recupera el espíritu de esos thrillers clásicos que no necesitan reinventar el género para resultar efectivos. Puede que su estructura sea convencional, pero la delicadeza con la que utiliza el sonido, la música y el suspenso le otorgan una identidad propia. Y eso, en tiempos donde muchos thrillers parecen cortados por el mismo molde, ya es una virtud importante.

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