Una Chica Invisible: La invisibilidad detrás de las pantallas

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Este jueves se estrena en el Cine Gaumont la ópera prima del director argentino Francisco Bendomir.

Vivimos en una época donde todo parece estar siendo observado. Cámaras de seguridad, redes sociales, algoritmos que registran hábitos y plataformas que convierten cualquier instante privado en contenido público. En ese contexto, Una Chica Invisible, la ópera prima de Francisco Bendomir, encuentra una pregunta mucho más inquietante que la simple vigilancia: ¿qué ocurre cuando todos pueden verte, pero nadie realmente te mira?

La historia gira alrededor de Andrea (Andrea Carballo), una joven que atraviesa una crisis devastadora luego de que un video íntimo suyo se viralice. Mientras intenta lidiar con la exposición y la humillación pública, su exnovio Mauro (Pablo Greco) contrata a Daniel (Javier De Pietro), un hacker obsesivo e invasivo, para acceder a sus redes sociales y descubrir si existe otra persona detrás de la ruptura. Pero Daniel cruza rápidamente todos los límites posibles: instala cámaras ocultas y convierte la vida de Andrea en un espectáculo privado de vigilancia constante.

En paralelo, Juana (Lola Ahumada), la hija adolescente de Daniel, busca desesperadamente aquello que define gran parte de la lógica contemporánea: la validación ajena. Su sueño es crear un contenido viral que la convierta en una figura reconocida en YouTube. De esta manera, la película construye un entramado de personajes atravesados por la necesidad de ser observados mientras, paradójicamente, permanecen emocionalmente invisibles.

Desde lo visual, Bendomir demuestra una personalidad definida para tratarse de una primera película. La composición geométrica de los encuadres, la obsesión por la simetría y el cuidado extremo de la puesta en escena remiten inevitablemente al cine de Wes Anderson. Sin embargo, lejos de quedarse en la cita estética, el director encuentra una identidad propia a partir de la utilización de los objetos como elementos narrativos.

Cada espacio está construido con precisión casi quirúrgica. Las referencias visuales aparecen dispersas por toda la película: figuras de Hulk que acompañan al personaje de Daniel, gatos de la suerte japoneses distribuidos en distintos ambientes, imanes de Mafalda sobre una heladera o símbolos religiosos que emergen en los rincones menos pensados. Nada parece ocupar un lugar casual. Cada elemento contribuye tanto a la armonía visual como a la construcción simbólica de los personajes.

Pero la mayor virtud de Una Chica Invisible es que nunca permite que el estilo se imponga sobre el contenido. El propio título funciona como una declaración temática que atraviesa toda la narración. La invisibilidad de Andrea detrás del morbo viral; la ausencia materna que marca la vida de Juana; la necesidad de atención de una hija frente a un padre incapaz de verla; o incluso las distintas formas de violencia cotidiana que recaen sobre las mujeres dentro de un entorno dominado por la observación constante.

Las cámaras registran absolutamente todo. Vigilan entradas y salidas, observan la intimidad de los personajes, registran accidentes domésticos, ensayos teatrales y momentos de vulnerabilidad. Pero cuanto más observados están los protagonistas, más solos parecen sentirse. Y ahí aparece una de las ideas más interesantes de la película: en una época donde todo puede ser registrado, compartido y consumido, la verdadera dificultad sigue siendo conectar con el otro.

Como ocurre en el cine de Carlos Vermut, la película incorpora elementos de la cultura pop, del animé, del documental e incluso de lo fantástico sin abandonar nunca el terreno de lo real. Esa mezcla entre comedia negra, observación social y extrañeza permanente genera un tono singular que vuelve impredecible cada escena.

Con Una Chica Invisible, Francisco Bendomir entrega una ópera prima tan estilizada como inquietante. Una película que utiliza el voyeurismo digital y la cultura de la exposición permanente para hablar de algo mucho más universal: el deseo de ser visto por quienes realmente importan. Entre la sátira, la melancolía y el absurdo, el director construye una mirada propia que lo convierte en un nombre para seguir de cerca dentro del cine argentino contemporáneo.

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