La guerra de los últimos: cuando la pandemia gana la guerra

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Este jueves se estrena en cines argentinos la nueva película de Ridley Scott, protagonizada por Jacob Elordi y Margaret Qualley.

¿Qué hubiese pasado si las vacunas nunca hubieran llegado? ¿Qué habría ocurrido si aquella pandemia que paralizó al mundo en 2020 hubiese continuado hasta convertirse en una verdadera catástrofe global? Sobre esa pregunta se construye La guerra de los últimos, la adaptación de la novela de Peter Heller que Ridley Scott convierte en un relato de ciencia ficción, pero también en un western sobre la supervivencia, la soledad y la pérdida.

Scott no necesita demasiadas explicaciones para imaginar ese mundo. La gripe terminó imponiéndose y la humanidad quedó reducida a pequeños grupos de sobrevivientes, tribus violentas que saquean lo que encuentran y comunidades que intentan mantenerse al margen del caos. En ese paisaje aparece Hig (Jacob Elordi), un joven mecánico que sobrevive recorriendo Denver a bordo de su Cessna en busca de suministros, acompañado por Jasper, su perro. Su avión funciona también como refugio emocional: desde allí puede escapar de un presente marcado por la muerte de su esposa y la pérdida de su hijo, mientras sobrevuela un mundo que parece haber perdido cualquier posibilidad de futuro.

A su alrededor aparece Bangley (Josh Brolin), como ese hombre que parece haber convertido la desconfianza en una forma de vida —primero dispara y después pregunta— y una comunidad menonita, liderada por Benedict Wong que intenta sobrevivir aislada del mundo pero que sufre los coletazos de la gripe, sobre todo en los niños.

En uno de los ataques que sufre su refugio, la tragedia vuelve a sacudir la vida de Hig, lo que lo lleva a querer contactarse con gente nueva, sobrevivientes que parecen haber conformado una comunidad, con quienes se conecta a través de su radio transmisor en las alturas, cerca de una montaña. Hacia allí emprende en viaje en soledad con su Cessna. Una falla lo obliga a aterrizar y entrar en contacto con Cima (Margaret Qualley) y su padre (Guy Pearce). Lo que comienza como una necesidad de reparar el avión irá transformándose en un vínculo entre personajes atravesados por el duelo.

Ridley Scott vuelve así a uno de sus territorios habituales: la ciencia ficción utilizada como espejo de nuestras propias miserias. Pero esta vez se aleja de la espectacularidad de Alien o Blade Runner y se acerca mucho más al western. Hay ecos de El camino, The Last of Us y de tantos relatos de frontera donde el enemigo no siempre es el monstruo, sino el otro ser humano. Lo interesante es que Scott se toma su tiempo. Deja que los personajes conversen, que se conozcan (y que los conozcamos), que el duelo aparezca entre silencios y pequeños gestos. En un cine cada vez más acelerado, esa decisión puede resultar desconcertante, pero también es una de las virtudes de la película.

Las tomas aéreas, la música, con música country, guitarras y cuerdas que acercan el relato al western clásico, acompaña ese tono contemplativo mientras la película construye una metáfora bastante evidente sobre el mundo posterior a la pandemia. Porque detrás de los saqueadores, los millonarios protegidos por militares y las comunidades que intentan sobrevivir aparece una pregunta incómoda: ¿realmente salimos mejores de aquella experiencia? El virus pudo haber sido derrotado por las vacunas, pero quizás algo de aquella pandemia permaneció entre nosotros: el individualismo, la pérdida de empatía, la necesidad de salvarse uno mismo antes que al otro.

La guerra de los últimos es un western postapocalíptico que utiliza la ciencia ficción como excusa para hablar del presente. No es una película que busque sorprender con grandes revelaciones ni con un desfile permanente de acción (que las hay en una dosis medida). Tiene una historia de amor clásica y un relato clásico del género, pero su apuesta está en los personajes, en sus pérdidas y en la manera en que intentan reconstruir vínculos en un mundo que parece haberlos olvidado. Y quizás allí esté su mayor hallazgo: imaginar un futuro donde el virus ganó, aun cuando las vacunas finalmente aparecieron.

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