Este jueves se estrena en cines la película dirigida por David Robert Mitchell y producida por J. J. Abrams.
En el cine conviven dos mundos que, aunque parecen transitar caminos diferentes, muchas veces terminan encontrándose. Por un lado está el cine onírico, lisérgico, ese universo que encuentra en David Lynch una de sus máximas expresiones y que utiliza los sueños, el inconsciente y lo inexplicable como una forma de interpretar la realidad. Del otro, aparece el cine entendido como entretenimiento: la aventura, el descubrimiento, la emoción y ese espíritu de espectáculo que también puede funcionar como metáfora de los problemas de una sociedad. El final de la calle Oak intenta unir esos dos universos a través de David Robert Mitchell y J.J. Abrams, dos cineastas que parecen hablar idiomas diferentes.
Mitchell ya había demostrado su interés por los adolescentes, la soledad y los mundos extraños en El mito de la adolescencia, It Follows y, especialmente, en la infravalorada Under the Silver Lake, probablemente su película más cercana al universo lyncheano. Abrams, en cambio, es el hombre de Lost, Cloverfield y Super 8, un cineasta mucho más ligado al entretenimiento, a Spielberg, a Amblin y a ese cine de aventuras de los años 80. La película nace justamente de esa tensión.

La historia se instala en una familia aparentemente tradicional: un padre (Ewan McGregor), una madre (Anne Hathaway), una hija adolescente y un hijo pequeño. Viven en un típico vecindario norteamericano que podría pertenecer perfectamente a E.T., Cuenta conmigo o, más recientemente, Stranger Things. Pero detrás de esa postal familiar existen conflictos que no tardan en aparecer. El padre perdió su trabajo y ahora reparte pizzas durante la noche para sostener económicamente a la familia, aunque intenta ocultarlo por vergüenza. La madre pasa buena parte de su tiempo encerrada en el sótano escribiendo una novela que tiene demasiado de ella misma, pero que tampoco se anima a publicar.
Todo cambia cuando una extraña luz aparece durante la noche y, al despertar, la familia descubre que el barrio está rodeado por dinosaurios. Tiranosaurios Rex, velociraptores y otras criaturas prehistóricas convierten ese tranquilo suburbio en un territorio de supervivencia. Y aquello que parecía una familia quebrada por sus propios problemas deberá dejar las diferencias de lado para encontrar la manera de sobrevivir.
La premisa le permite a Mitchell meterse de lleno en un terreno prácticamente inédito dentro de su filmografía, pero rápidamente queda claro que el espíritu de Abrams termina imponiéndose. La película se acerca mucho más al universo de Super 8 y Cloverfield que al cine extraño y enigmático que había construido Mitchell. La aventura familiar, el suspenso, las criaturas y la acción ocupan el centro de la escena, mientras que la dimensión más onírica del director queda relegada a pequeños espacios de libertad creativa.
Sin embargo, esos momentos aparecen y son probablemente los más interesantes. Hay imágenes absolutamente delirantes —como dos dinosaurios gigantes teniendo sexo— y una serie de preguntas alrededor de qué fue realmente lo que ocurrió. La película nunca termina de explicar completamente el fenómeno y permite construir teorías, desde un supuesto agujero de gusano que habría trasladado el barrio a otra época hasta otras posibilidades que quedan deliberadamente abiertas. Es allí donde aparece ese Mitchell que conocemos de Under the Silver Lake, aunque sea apenas por momentos.
La película también encuentra su mejor funcionamiento en el terreno familiar. Anne Hathaway se convierte en el principal motor emocional de la historia (no en vano es quien escribe la novela), muy bien acompañada por Ewan McGregor y por los dos jóvenes promesas (Christian Convery, protagonista de la serie Sweet Tooth, y Maisy Stella, conocida por Mi yo del Futuro) . El ataque de los dinosaurios funciona, en definitiva, como una excusa para poner en movimiento una familia que ya estaba atravesando su propia crisis y obligarla a reencontrarse en medio del caos.
La música de Michael Giacchino termina de construir esa atmósfera de aventura ochentosa. Sus partituras remiten directamente al cine de aquella época, mientras que canciones de Pat Benatar y Steve Winwood completan una banda sonora que funciona como otro elemento fundamental para recuperar ese espíritu de Amblin.
El final de la calle Oak es, en definitiva, una película donde parece imponerse J.J. Abrams sobre David Robert Mitchell. El director de It Follows se encuentra más entregado a un encargo que a la posibilidad de expandir su universo creativo. Pero eso no impide que la película funcione como una aventura familiar dinámica, emotiva y entretenida, con buenas secuencias de acción y suspenso, una cuidada ambientación de época y algunos momentos de sangre y violencia que le otorgan un tono más adulto.
Quizás el mayor atractivo esté justamente en esa contradicción: una película que quiere ser un espectáculo de dinosaurios para toda la familia, pero que detrás de sus criaturas gigantes intenta hablar de algo mucho más cercano. Una familia que, como ese barrio detenido en el tiempo, necesita encontrar la manera de sobrevivir a un mundo que cambió de repente.