Insaciable: el monstruo detrás del cuerpo perfecto

Nuestra puntuación

Este jueves se estrena en cines la película de la directora australiana Natalie Erika James.

Doce semanas. Ese es el tiempo que tiene Hannah para preparar un examen de medicina y, al mismo tiempo, alcanzar el peso que considera ideal: 60 kilos. Entre los estudios, una entrenadora que la acompaña en ese objetivo y una relación cada vez más conflictiva con la comida, su vida parece organizada alrededor de una única obsesión: controlar su cuerpo. Hasta que una noche descubre unas misteriosas pastillas elaboradas con cenizas de huesos humanos que le permiten comer sin límites y adelgazar. Lo que parece una solución mágica pronto se transforma en una pesadilla.

Luego de sorprender con Relic (2020), su ópera prima, Natalie Erika James vuelve a demostrar un talento particular para construir imágenes cargadas de simbolismo. Desde el comienzo, cuando Hannah descubre que el cadáver (al cual apodan Bertha, la grande) que debe estudiar tiene las uñas pintadas del mismo color que las suyas, la película establece una conexión entre los vivos y los muertos que se resume en una frase: «Los vivos aprenden de los muertos». Hannah anota en un cuaderno cada paso de su transformación, como si estuviera realizando un experimento científico sobre su propio cuerpo. Pero mientras más intenta controlar aquello que come, más difícil resulta determinar quién está controlando a quién.

Las fantasmales apariciones de Bertha la Grande modifican por completo esa relación. Hannah comienza a investigar el pasado de ese cuerpo que estudia y, al mismo tiempo, empieza literalmente a consumirlo. Bertha crece a medida que se alimenta, mientras Hannah adelgaza hasta alcanzar límites extremos. La relación con su familia profundiza todavía más esa lectura: un padre que alguna vez fue deportista y senderista y que ahora atraviesa una obesidad severa, y una madre que vive pendiente de un pasado que no consigue abandonar y que incluso sueña con viajar a la Argentina, más precisamente a las Cataratas del Iguazú. En ese universo, los cuerpos, la comida, los muertos y la herencia familiar terminan formando parte de una misma cadena.

Midori Francis se pone literalmente el cuerpo de Hannah y entrega una actuación que sostiene buena parte de la película. La actriz transmite la ansiedad, la incomodidad y la obsesión de una joven que convierte su propio cuerpo en un territorio de batalla, acompañando con intensidad su progresivo deterioro físico y emocional. Su trabajo resulta fundamental para que Insaciable no quede reducida a una sucesión de imágenes perturbadoras y para que podamos percibir el verdadero conflicto detrás de esa transformación.

En ese sentido, la película se inscribe en una corriente reciente del terror corporal que encontró en La sustancia uno de sus exponentes más contundentes y que también podemos relacionar con propuestas como La hermanastra fea: relatos donde la deformación del cuerpo funciona como reflejo de la presión social por alcanzar determinados ideales de belleza. Insaciable apunta directamente contra esa cultura del cuerpo perfecto y contra las recetas mágicas que prometen conseguirlo sin esfuerzo: pastillas, dietas milagrosas, suplementos, influencers y toda una industria que convierte la insatisfacción corporal en un negocio.

James vuelve a hacer de lo orgánico una herramienta narrativa. La comida, los cuerpos, las transformaciones y hasta las alucinaciones construyen una puesta en escena donde prácticamente cada elemento tiene una segunda lectura. Quizás el principal problema aparezca cuando la película comienza a reiterar algunos de sus conceptos y se vuelca cada vez más hacia lo paranormal, perdiendo por momentos parte de la potencia que tenía su metáfora inicial. Aun así, la directora logra mantener una atmósfera inquietante y una identidad visual muy marcada.

Insaciable termina siendo una película de terror sobre algo mucho más cotidiano que un monstruo: la desesperación por modificar el propio cuerpo para alcanzar un ideal imposible. Hannah quiere controlar el hambre, el peso y aquello que cree que está mal en ella, pero termina descubriendo que cuanto más intenta expulsarlo, más grande se vuelve aquello que la habita. Una propuesta sólida, cruda y visualmente poderosa, que utiliza el horror para hablar de una obsesión profundamente contemporánea: la búsqueda de un cuerpo perfecto y el precio que estamos dispuestos a pagar por conseguirlo.

Compartir: