Este jueves se estrena en cines argentinos la esperada nueva película del director británico.
Hablar de La Odisea es hablar de uno de los relatos fundacionales de la cultura occidental. Mucho más que una aventura mitológica, el poema atribuido a Homero es una historia sobre el regreso, sobre las heridas que deja la guerra, sobre el deseo de volver al hogar y sobre la lucha del hombre contra un destino que parece empeñado en ponerlo constantemente a prueba. Durante casi tres mil años, la travesía de Odiseo inspiró novelas, pinturas, obras de teatro y películas. Y si había un director contemporáneo capaz de asumir semejante desafío, ese era Christopher Nolan.
Después de revolucionar la ciencia ficción con Interstellar, reinventar el cine bélico con Dunkirk, jugar con la percepción del tiempo en Inception y consagrarse definitivamente con el Oscar obtenido por Oppenheimer, Nolan encara el proyecto más ambicioso de su carrera. Y lo hace como mejor sabe hacerlo: respetando la esencia del material original, pero apropiándose completamente de él desde su lenguaje cinematográfico.
La película reconstruye el largo regreso de Odiseo a Ítaca tras la Guerra de Troya, un viaje marcado por monstruos, dioses, tempestades y tentaciones, pero también por el peso de la culpa y las consecuencias de la violencia. Sin embargo, Nolan evita el relato lineal y vuelve a recurrir a uno de los recursos que mejor domina: el montaje fragmentado. La historia se desarrolla en distintas líneas temporales que avanzan en paralelo. Por un lado, Penélope y Telémaco resisten en Ítaca el asedio de los pretendientes, convencidos de que Odiseo jamás regresará. En otra línea seguimos al héroe retenido por Calipso, mientras otras secuencias nos devuelven incluso a los momentos previos al ingreso del célebre Caballo de Troya. Poco a poco, todas esas piezas comienzan a encajar con una precisión admirable.
Lejos de ser un mero ejercicio de estilo, esa estructura narrativa potencia el espíritu del relato. Nolan convierte una historia conocida en una experiencia donde el espectador reconstruye el viaje al mismo tiempo que sus protagonistas, encontrando nuevas capas de significado en cada salto temporal.
El elenco acompaña con solvencia: Matt Damon construye un Odiseo cansado, inteligente y humano, marcado por el peso de una guerra que parece no terminar nunca. Anne Hathaway vuelve a demostrar por qué es una de las grandes colaboradoras de Nolan, aportando una Penélope de enorme fortaleza emocional, mientras Tom Holland encuentra en Telémaco uno de sus trabajos más maduros hasta la fecha. También sobresale Robert Pattinson como Antínoo, dotando al personaje de una presencia inquietante que eleva cada una de sus apariciones.
Desde lo visual, la película es sencillamente descomunal. Filmada para aprovechar al máximo el formato IMAX, cada plano parece pensado para transmitir la inmensidad del viaje. Las batallas, las tormentas, los paisajes marítimos y los encuentros con criaturas como el Cíclope o la hechicera Circe alcanzan una escala pocas veces vista en el cine reciente. Nolan administra el suspenso con precisión, logrando que incluso los episodios más fantásticos conserven una intensidad física y emocional permanente. En varios pasajes, especialmente durante las secuencias marítimas y los enfrentamientos en la playa, aparecen ecos del extraordinario trabajo realizado en Dunkirk.
Como ya es habitual en su filmografía, la música de Ludwig Göransson se convierte en un protagonista más. Su partitura acompaña el relato con una fuerza épica que nunca pierde sensibilidad y termina potenciando una experiencia sonora tan impactante como la visual.
Pero detrás del espectáculo también aparece el Nolan más reflexivo. Porque La Odisea vuelve a hablar de algunas de las obsesiones que atraviesan toda su obra: el tiempo, la memoria, la culpa, el sacrificio y la necesidad de encontrar un lugar al que regresar. Incluso es posible encontrar resonancias con conflictos contemporáneos, convirtiendo la travesía de Odiseo en un verdadero caballo de Troya que introduce preguntas profundamente actuales dentro de un relato escrito hace casi tres milenios.
Christopher Nolan no solo adapta a Homero. Lo reinterpreta desde su propio universo cinematográfico y demuestra que los grandes clásicos siguen teniendo la capacidad de dialogar con nuestro presente. La Odisea es una obra épica en el sentido más amplio de la palabra: monumental, ambiciosa y narrada con una maestría técnica pocas veces vista. Una película destinada a convertirse, no solo en uno de los puntos más altos de la filmografía de Nolan, sino también en una de las grandes adaptaciones literarias que haya dado el cine moderno.
- Nota al margen: la película está filmada para ver en IMAX. Sería ideal vivirlo dentro de esa sala para disfrutar la experiencia. En caso de no poder hacerlo, tratar de buscar la mejor sala posible, con el mejor sonido y la mejor pantalla. Eso potencia la experiencia cinematográfica.