Los Hijos de Isadora de Damien Manivel. Crítica.

En la plataforma www.puentesdecine.com del PCI se encuentra disponible el documental basado en la obra Mother de Isadora Duncan.

Manon Charpenter y Martha Rizzi, alumna y profesora en Los Hijos de Isadora.

Damien Manivel es un bailarín que se abocó a la dirección de cine. En su cuarto largometraje se aboca a mezclar una de sus pasiones, el mundo del ballet. A través de una estructura de tres partes se centra en una coreógrafa, luego en una intérprete y su maestra, y finalmente en un espectador que se preparan para la puesta en escena de Mother, la pieza de 1921 de la leyenda de la danza Isadora Duncan, la obra que la bailarina creó luego de la tragedia en que fallecieron sus hijos. El accidente sucedido el 19 de abril de 1913 se produjo cuando el automóvil que llevaba a Patrick y Beatrice, los hijos de seis y cuatro años de Isadora Duncan, atravesó la barrera de protección del puente y cayó sobre el río Sena, matando a los niños y a su institutriz. La imposibilidad de expresar semejante dolor en palabras o en gestos tendría un corolario creativo ocho años más tarde, cuando Duncan creó un baile solitario y lento, pero de gestos expresivos, en el cual la bailarina parece en cierto momento mecer algo o a alguien en sus manos. 

El documental sigue primero a Agathe Bonitzer, una coreógrafa que se prepara para poner en escena la pieza. En silencio, vemos a la joven ensayando la pieza mientras lee que la obra se creó a partir del dolor materno en la sensible autobiografía de Isabela, MI Vida. Luego vemos a Manon Carpentier, quien junto con su maestra Marika Rizzi (ambos en efecto «interpretándose» a sí mismos), la segunda y más larga sección de la película. Manivel construye este segmento de media hora como una especie de documental sobre la pared, enfatizando el vínculo cálido y productivo entre el paciente tutor y su alumno asiduo.

Mientras nos muestra primero a la coreógrafa y luego a Manon pasando por los movimientos de Mother la actuación real tiene lugar fuera de la pantalla. La cámara recorrerá lentamente los rostros de los espectadores absortos antes de finalmente fijarse en una anciana visiblemente conmovida por la experiencia. Esta mujer, interpretada por la aclamada y veterana bailarina estadounidense Elsa Wolliaston, residente en París durante medio siglo. Luego de un breve por el escenario, seguimos a la anciana de regreso a casa a través de calles vacías hasta los suburbios remotos. Cada uno de sus pasos, con la ayuda de un bastón médico, lo que implica un esfuerzo considerable.

Al llegar a su casa vemos que la mujer exhausta enciende una vela frente a una fotografía de, lo que presumimos es su hijo muerto, luego la cámara recrea en silencio y de manera bastante hermosa los movimientos de la actuación que presenció más temprano en la noche. Como una cadena de trasmisión emocional Manivel logra poner en pantalla la conexión que produce la obra de 1921 con los sentimientos de una espectadora. Así, Los Hijos de Isadora es una muestra de la complejidad del ballet pero a la vez es una película emocionante que refleja como el dolor se transformó en arte y como la obra universal de Isadora Duncan en generadora de sentidos a pesar del paso de los años.

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