Las 100 Noches del Deseo: Las historias como acto de resistencia

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Se estrenó en cines la fantasía romántica dirigida por Julia Jackman y protagonizada por Emma Corrin, Nicholas Galitzine y Charli XCX.

Hay películas que utilizan la fantasía para escapar de la realidad y otras que la utilizan para discutirla. Las 100 noches del deseo, segundo largometraje de Julia Jackman, pertenece claramente al segundo grupo. Adaptando la novela gráfica de Isabel Greenberg, la directora construye un cuento romántico, fantástico y profundamente político que utiliza una estética de fábula medieval para hablar de algo mucho más contemporáneo: quién tiene el derecho de contar las historias y quién tiene el poder de decidir cómo deben vivir los demás.

La película nos traslada a un mundo donde el patriarcado gobierna cada aspecto de la vida cotidiana. Los hombres administran el poder, la religión y la herencia. Las mujeres son vistas como propiedades, como herramientas para garantizar descendencia o consolidar fortunas familiares. En ese contexto conocemos a Cherry, interpretada por Maika Monroe, una joven aristócrata atrapada dentro de un matrimonio donde su opinión importa bastante menos que la posibilidad de tener un hijo.

Cuando su esposo Jerome acepta una absurda apuesta con su amigo Manfred, la situación se vuelve todavía más extrema. Si Manfred logra seducir a Cherry durante su ausencia, podrá quedarse con ella y con todas sus posesiones. Como si se tratara de un objeto más dentro de la negociación. Pero la película encuentra rápidamente su verdadero centro emocional en Hero, el personaje interpretado por Emma Corrin. Sirvienta, narradora y observadora privilegiada de ese universo absurdo gobernado por hombres inseguros, Hero utiliza aquello que nadie parece valorar demasiado: las historias.

Cada noche comienza a relatar cuentos para distraer a Manfred y evitar que concrete sus intenciones sobre Cherry. Y es ahí donde Las 100 noches del deseo encuentra su mejor idea. Porque mientras los hombres creen controlar el mundo a través del dinero, las propiedades o la fuerza, son los relatos los que terminan transformando la realidad.

Las historias funcionan como refugio, resistencia y también como una forma de conocimiento. Hero narra sobre mujeres que preservan la memoria, que escriben, que registran experiencias y construyen espacios donde el saber no puede ser controlado por quienes ejercen el poder. En definitiva, la película propone algo muy interesante: contar historias también es una forma de rebelión.

Visualmente, Julia Jackman apuesta por una propuesta absolutamente exuberante. Los vestuarios parecen salidos de una pasarela fantástica donde conviven elementos medievales, barrocos y contemporáneos. Los enormes sombreros, los corsets imposibles, las plumas, las telas y las formas exageradas convierten cada plano en una ilustración en movimiento.

La dirección de arte construye un universo artificial y teatral que nunca busca el realismo. Por momentos recuerda a ciertas propuestas de fantasía europea, mientras que en otros se acerca a la sensibilidad visual de realizadores como Derek Jarman, donde el artificio forma parte del discurso. Todo parece diseñado para reforzar la idea de que estamos observando una fábula.

Emma Corrin (premiada por interpretar a Lady Di en The Crown), vuelve a demostrar una enorme capacidad para apropiarse de personajes complejos. Su Hero transmite inteligencia, sensibilidad y determinación sin necesidad de grandes discursos. A su lado, Maika Monroe (Longlegs, It Follows) aporta vulnerabilidad y humanidad a un personaje atrapado entre las expectativas sociales y sus propios deseos. Nicholas Galitzine (He-Man en Amos del Universo), por su parte, encuentra en Manfred un villano tan ridículo como peligroso, una representación casi caricaturesca de una masculinidad convencida de que todo puede comprarse.

Sin embargo, allí también aparece una de las principales limitaciones de la película. Muchas de sus ideas resultan más interesantes que su desarrollo. El discurso feminista es claro, pero a veces demasiado explícito. Los personajes masculinos funcionan más como símbolos que como seres complejos, mientras que algunas de las historias internas prometen una profundidad que finalmente no terminan de alcanzar.

Pero incluso con esas irregularidades, Las 100 noches del deseo encuentra encanto en su rareza. Hay humor, hay romance, hay fantasía y una mirada muy clara sobre el poder de los relatos para desafiar estructuras establecidas. Quizás no alcance la profundidad de las grandes obras que parecen inspirarla, pero sí consigue algo valioso: recordarnos que las historias siempre fueron una herramienta de resistencia. Y que, muchas veces, quien controla el relato termina teniendo más poder que quien controla el castillo.

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