LOS RELATOS: CUANDO LA POLÉMICA LE GANA A LA REFLEXIÓN

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Dentro de la Competencia Internacional del 41º Festival Internacional de Cine de Mar del Plata se estrenó la película donde Miguel del Arco propone una historia incómoda sobre la violencia machista, la condena social y las posibilidades de reinserción de un femicida.

VALVERDE DE LA VERA, SPAIN – OCTOBER 09: Photos taken during the filming of the movie “Los Relatos,” directed by Miguel del Arco on October 09, 2025 in Valverde de la Vera, Spain. (Photo by Juan Naharro Giménez)

Hay películas que llegan a un festival porque su temática interpela, incomoda o directamente genera controversia. Según contó Gabriel Lerman, programador del Festival Internacional de Cine de Mar del Plata, cuando vio Los relatos, de Miguel del Arco, tuvo claro que era una película que no podía faltar en la programación. Y alcanza con conocer su premisa para entender por qué. Se trata de una historia que se mete de lleno en un terreno delicado: la violencia machista, el femicidio, la condena social y la posibilidad —o no— de que alguien que cometió un crimen semejante pueda volver a formar parte de una comunidad.

La película sigue a Pablo (Juan Diego Botto), un hombre que acaba de cumplir una condena de veinte años de prisión por el asesinato de su esposa, Beatriz. En un intento por reconstruir su vida y encontrar alguna forma de redención, decide publicar un libro titulado La pena, que termina en manos de una editorial de orientación feminista. La decisión, por supuesto, genera controversia. Pero el conflicto no termina ahí: Pablo también quiere regresar a Piedraalagua, el pueblo al que no volvió desde que ocurrió el crimen. Su regreso forma parte de un proyecto documental impulsado por una agrupación feminista, que busca registrar las reacciones de la comunidad frente a su presencia.

Hay un elemento más que vuelve todavía más compleja la situación. Pablo formó una nueva familia, tiene una esposa (Marta Etura) y una hija, y parece encontrar en ellas el principal motor para intentar dejar atrás su pasado. Sin embargo, regresar al pueblo significa enfrentarse con las consecuencias de aquello que hizo. Allí están los padres de Beatriz y también su hija, que carga con una historia familiar atravesada por el asesinato de su madre. La vuelta de Pablo no puede ser, entonces, un simple intento de empezar de nuevo: es el regreso a un lugar donde el crimen sigue teniendo consecuencias y donde las heridas de quienes quedaron atrás continúan abiertas.

A partir de esa premisa, Miguel del Arco construye un relato que intenta explorar las distintas posiciones que aparecen alrededor de un caso semejante. ¿Alcanza con cumplir una condena judicial para saldar una deuda con la sociedad? ¿Existe alguna posibilidad de reinserción para alguien que cometió un femicidio? ¿Qué lugar ocupan las víctimas y sus familiares cuando el responsable vuelve a reclamar un espacio en la comunidad? ¿Puede hablarse de redención sin volver a poner en el centro el dolor de quienes sufrieron las consecuencias de ese crimen?

Son preguntas incómodas, necesarias y que merecen ser discutidas. La película también intenta mostrar cómo intervienen diferentes sectores de una comunidad pequeña: la política, la religión, los movimientos feministas y los propios vecinos. Cada uno construye su relato sobre lo sucedido, toma posición y expone sus contradicciones. En ese sentido, el título parece funcionar como una declaración de principios: alrededor de un mismo hecho conviven múltiples versiones, intereses y miradas, pero no todas tienen el mismo peso ni las mismas consecuencias.

El problema aparece cuando la película parece demasiado preocupada por provocar una reacción en el espectador. Algunas situaciones se sienten forzadas, los diálogos pierden naturalidad y determinados conflictos parecen construidos exclusivamente para generar una discusión. En lugar de permitir que las contradicciones de los personajes y de la comunidad surjan de manera orgánica, el relato muchas veces subraya sus intenciones y conduce las escenas hacia una polémica que ya estaba planteada desde la propia premisa.

Por momentos, incluso, la película parece correr el riesgo de desplazar el centro de atención hacia el sufrimiento y la necesidad de redención del asesino, una decisión que puede generar rechazo y que exige una precisión narrativa. Pero también es cierto que, detrás de ese planteo, aparecen contradicciones que vale la pena observar: la distancia entre la justicia judicial y la condena social, los límites de la reinserción y la dificultad de una comunidad para convivir con alguien que cometió un crimen semejante. El problema no está en formular esas preguntas, sino en la manera en que la película las pone en escena.

Los Relatos es una propuesta que busca incomodar y abrir un debate sobre un tema de enorme sensibilidad. Sin embargo, su insistencia en provocar termina jugando en contra de aquello que pretende construir. El discurso se vuelve por momentos manipulador, algunas situaciones resultan demasiado evidentes y la reflexión pierde fuerza por falta de sutileza. Una película que tiene una premisa potente y se anima a ingresar en un territorio complejo, pero que no siempre consigue transformar esa provocación inicial en una mirada cinematográfica verdaderamente profunda.

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