An American Pickle de Brandon Trost. Crítica.

Basada en la novela «Sell Out» de Simon Rich, la película protagonizada por Seth Rogen se estrenó en HBO Max y puede verse en internet.

Seth Rogen en su doble composición de Herschell y Ben Greenbaum.

Se suele decir que Seth Rogen se interpreta a si mismo, hasta que su especialidad es ser partenaire. En casi todas sus películas comparte cartel con alguien, que llega a destacarse sobre el. A pesar de esas críticos, ha logrado interesantes comedias como Pinneapple Express y The Interview, en ambas con un delirante James Franco; Knocked Up con Katherine Heigl, Zack and Miri Make a Porno con Elizabeth Banks o Neighbors con Rose Byrne. A eso le sumamos otros papeles junto a un repertorio de comediantes como en This is the end, Funny People o Superbad, donde ha tenido destacadas participaciones. Incluso en comedias dramáticas como 50/50 interpretando al amigo de Joseph Gordon-Levitt. Pero pocas veces lo vimos a él como principal, haciéndose cargo de todo el protagonismo. Esa oportunidad llegó en su nuevo film, pero no en solo un personaje, sino a dos.

Seth Rogen es Herschel Greenbaum, un judio ortodoxo que trabaja haciendo zanjas que en 1919 vive en un ficticio país de Europa del este llamado Schplusk. Felizmente casado con Sarah (Sarah Snook) decide mudarse a Estados Unidos luego de que los cosacos aniquilaran a toda el pueblo. Una vez instalado comienza a trabajar en una fábrica de conservas alimenticias. Herschel espera un hijo con su amada esposa pero en un accidente cae en un gigante barril de salmuera justo en el preciso momento que la fábrica cierra sus puertas para siempre. Herschell se despertará cien años después en perfectas condiciones.

Pero Seth Rogen también es Ben Greesbaum, el único familiar vivo de Herschell, un joven solitario que trabaja haciendo aplicaciones para celular (al momento del encuentro se encuentra haciendo una llamada Boop Bop que sirve para chequear la calidad de los alimentos). Ben lo lleva a su casa y ahí le muestra todos los cambios sucedidos durante los 100 años pasados, a la vez que trata de que se adapte a los nuevas costumbres.

En un show de un solo hombre, Seth Rogen se hace cargo de toda la acción del film. Compone dos personajes completamente antagónicos con momentos divertidos y otros que apuntan más a enternecer al espectador. En esa brecha generacional que se presenta, la película se da espacio para criticar a la sociedad de consumo, a la inconfomidad del ser humano moderno y al aislamiento social en el que nos vemos inmersos. Ben cuenta con un sinfín de artefactos eléctricos que hacen de su vida más fácil, pero la soledad pesa: la falta de un vínculo social y de sus raíces familiares se esconden bajo ese manto tecnológico. A eso se le suma un proyecto que parece no salir nunca a la luz por miedo a fracasar.

Ahi irrumpe con fuerza Herschell como una especie de abuelo bruto y retrogrado, que es todo lo contrario de Ben. Una persona decidida, amante de la familia, que se cansó de hacer zanjas para poder lograr sus sueños y que servirá de motor de empuje para que Ben pueda concretar sus deseos. Obviamente, en el medio aparecerán las peleas, la envidia, todo un proceso de conocimiento entre ambos que entregarán algunos gags divertidas (las opiniones retrógradas y racistas de twitter de Herschell son muy buenas) y otros más tiernos.

An American Pickle encuentra a un Seth Rogen distinto, en modo unipersonal, logra sacarlo de su clásico personaje fumón (extrañamente no hay ninguna escena donde aluda a la marihuana) para componer dos seres completamente antagónicos, a quienes parece solo unirlos el apellido pero cuyas oposiciones hacen que se terminen complementando. Una delirante comedia, con toques fantásticos, que habla de las identidades, las raíces familiares pero que, a la vez, critica la desconexión social y afectiva actual

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