«Chicuarotes» de Gael García-Bernal. Crítica.

Presentada en el Festival de Cannes 2019, llega a Netflix la nueva película del reconocido actor mexicano como director.

La palabra Chicuarotes es un gentilicio que se utiliza para llamar a las personas de San Gregorio de Atlapulco. Viene de un chile endémico de la zona que es muy resiliente, muy duro y muy picante. Les dicen así (a los habitantes) porque refleja su carácter, según las propias palabras del director. El fruto es sembrado en la zona y la gente de la localidad suele también referirse con esa palabra a personas que consideran de carácter complicado

En su nueva película en el sillón de director, Gael nos trae la historia de «Cagalera» (Benny Emmanuel) y el «Moloteco» (Ricardo Abarca) dos jóvenes que buscan salir de la pobreza que abunda en el pueblo de San Gregorio Atlapulco. Tratan de conseguir algo de dinero con una rutina de chistes caracterizados de payasos en el transporte público. Dado que no consiguen mucho dinero, deciden asaltar a los pasajeros.​Así es como empiezan a cometer una serie de delitos menores intentando juntar dinero para comprar una plaza en el sindicato de electricistas. Sus intentos se ven frustrados y sus actos delictivos culminan con un secuestro en un intento por conseguir el dinero que les permita irse de su pueblo y tener una mejor vida.

Narrar historias callejeras siempre es un riesgo. La complejidad que significa caracterizar a esos anónimos errantes, ocupar sus espacios comunes o manejar el lenguaje de los marginales, supone un conocimiento y un trabajo previo para no caer en historias distantes, poco verosímiles, plagadas de clichés y caricaturas. Gael arriesga y logra construir en «Chicuarotes» un muestrario de personajes lleno de conflictos y contradicciones. Comenzando con la dupla protagonista, dos jóvenes que buscan salir del contexto difícil, donde se puede ver una completa ausencia institucional preocupante y ante eso la delincuencia es castigada con las propias manos de los habitantes del pueblo, siempre con el castigo violento sobre los más vulnerables ya que ciertas actos fuera de la ley no son castigados de la misma manera ya que está naturalizados (Baturro, el padre golpeador y alcohólico de Cagalero).

Con todo ese entorno de personajes que rodean a «Cagalero» y «Moloteco», donde se luce Daniel Gimenez Cacho (Zama) dándole vida a un desagradable matón de barrio, el film es una especie Pizza Birra Faso mexicana, pero mientras la película argentina era un potente retrato de la marginalidad, en este film no pasa lo mismo por cierto abuso en el romanticismo de la pobreza y la violencia, sobre todo en su estética. Pero a pesar de eso, Chicuarotes es una violenta historia de la marginalidad de México que se puede trasladar a diversas culturas, de contenidos complejos y diálogos protagonizados con naturalidad y cercanía, a pesar de lo alejado que uno pueda estar del universo que construye.

Nuestra puntuación
Compartir:

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *