Cumbres Borrascosas: el deseo como relectura de un mito

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Este jueves se estrena en cines argentinos, la nueva versión del clásico del cine romántico protagonizada por Jacob Elordi y Margot Robbie.

Cumbres Borrascosas vuelve al cine una vez más, y no es un dato menor: la novela de Emily Brontë ya tuvo casi 15 versiones cinematográficas, con hitos muy marcados en la historia del cine. Desde la clásica de 1939 protagonizada por Laurence Olivier, pasando por la lectura furiosa y latinoamericana de Luis Buñuel en Abismos de pasión, hasta una versión argentina encabezada por Rodolfo Bebán y Alicia Bruzzo. Es un material que el cine visita una y otra vez, como si siempre quedara algo por decir —o por discutir— sobre ese vínculo imposible.

La nueva versión dirigida por Emerald Fennell, con Margot Robbie y Jacob Elordi, no parece interesada en competir con esos fantasmas, sino en releer el mito desde el cuerpo. Su foco no está tanto en la épica romántica sino en el deseo, la pulsión, lo carnal. La relación entre Cathy y Heathcliff, hermanos adoptivos que se enamoran, aparece atravesada por la pasión sexual, la traición y el impulso, más que por la idealización del amor eterno.

Vale aclararlo: no leí la novela original, por lo que no puedo evaluar el grado de fidelidad de la película con el texto de Brontë. Mi lectura se construye desde el cine, desde las imágenes y las decisiones formales de esta adaptación en particular. Y en ese terreno, la película propone un juego interesante. Fennell mezcla lo clásico con lo contemporáneo —en una estética que por momentos recuerda a María Antonieta de Sofia Coppola—. Apoyado por la música de Anthony Willis y las canciones de Charli XCX.

Aunque el inicio parece prometer una hipersexualización constante, la película no va del todo por ese camino. Prefiere tensar el vínculo entre los personajes, jugar con el melodrama, exagerarlo y, en algunos momentos, incluso burlarse de ese viejo cine romántico. Hay escenas muy logradas, especialmente en los triángulos amorosos y los desencuentros que rodean a Cathy y Heathcliff, donde la pasión se vuelve conflicto y herida.

El diseño de producción de Suzie Davies y el trabajo del fotógrafo sueco Linus Sandgren son uno de los grandes aciertos: colores intensos, con el rojo como símbolo evidente de una pasión que atraviesa todo el relato, y una composición visual muy cuidada. El romanticismo y la épica no desaparecen —sobre todo en un final deliberadamente lacrimógeno, pensado para las nuevas generaciones—, pero conviven con una mirada más irónica y consciente del artificio.

La química entre Robbie y Elordi es innegable: hay deseo, tensión y una energía física que sostiene la película incluso cuando el relato flaquea. Ese vínculo se ve reforzado por las interpretaciones de los personajes en su infancia – Owen Copper, el ganador del Globo de Oro por Adolescencia y la debutante Charlotte Mellington-, que terminan de construir la intensidad emocional de la relación.

Esta Cumbres Borrascosas va a dividir aguas, despertar polémica y generar rechazo en quienes esperan una versión más solemne o fiel al imaginario clásico. Pero justamente ahí está su valor: en animarse a discutir un texto fundacional desde otro lugar. No reemplaza al original ni a sus versiones más célebres, pero funciona como una puerta de entrada para que nuevas generaciones se acerquen —o vuelvan a pelearse— con uno de los grandes mitos de la literatura y del cine.

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