Este jueves se estrena en cines argentinos la segunda película de Hanna Bergholm, directora de Cría Siniestra.
En los últimos años, el cine encontró en la maternidad uno de sus territorios más fértiles. El embarazo, el parto y, sobre todo, el puerperio comenzaron a ser explorados como experiencias profundamente físicas, emocionales y psicológicas. Desde la reciente Matate, amor de Lynney Ramsay, protagonizada por Jennifer Lawrence y Robert Pattinson, hasta películas de terror como The Babadook, Huesera o Lamb, el género convirtió los miedos vinculados a la maternidad en metáforas capaces de dialogar con el trauma, la culpa y la transformación del cuerpo. En esa tradición se inscribe Engendro, la nueva película de la directora finlandesa Hanna Bergholm, un relato de horror corporal que encuentra en el folclore nórdico una poderosa herramienta para hablar del postparto.
La historia sigue a Saga (Seidi Harla) y Joe, su pareja británica, interpretada por Rupert Grint, quienes deciden instalarse en una antigua casa familiar perdida en los bosques de Finlandia. El lugar perteneció a la abuela de Saga, quien durante su infancia le contaba historias sobre criaturas y leyendas que habitaban ese bosque profundo, un espacio que parece respirar, responder a los llamados y esconder algo imposible de explicar. Allí la pareja intenta comenzar una nueva vida y formar una familia, pero todo cambia con el nacimiento de su hijo.
Desde sus primeros días, el bebé no deja de llorar. Sus gritos son constantes, penetrantes, casi animales. Pero el verdadero horror comienza cuando Saga descubre extrañas deformaciones en su cuerpo. Mucho pelo, comportamientos inquietantes y una sensación permanente de que ese niño oculta algo monstruoso convierten el postparto en una experiencia cada vez más angustiante. Aislada en medio del bosque y atrapada por la soledad del puerperio, la protagonista empieza a preguntarse si aquello que ve es real o si forma parte de una transformación que también está ocurriendo dentro de ella.

Bergholm construye un relato directo, incómodo y muy poco interesado en la sutileza. Desde el comienzo deja en claro que su objetivo no es el misterio, sino la exploración física y emocional de una maternidad atravesada por el miedo, el agotamiento y la pérdida de control sobre el propio cuerpo. El horror corporal aparece constantemente como metáfora de ese proceso, en una puesta en escena que remite por momentos a Border, de Ali Abbasi, donde la naturaleza y los cuerpos parecen fundirse en una misma materia salvaje.
Gran parte del peso de la película recae sobre Seidi Harla, quien vuelve a demostrar el enorme talento que ya había exhibido en Compartimento Nº 6, la aclamada película de Juho Kuosmanen. Su interpretación transmite con enorme intensidad el desgaste físico y psicológico de una mujer completamente desbordada por una experiencia que no logra comprender. Rupert Grint, por su parte, acompaña con solvencia, aunque la película concentra casi toda su atención en la mirada de Saga y en su descenso hacia una realidad cada vez más perturbadora.
Visualmente, Engendro encuentra en los bosques finlandeses un escenario ideal para potenciar su atmósfera opresiva. El sonido de los árboles, los gritos que parecen surgir desde la oscuridad y una fotografía fría y áspera convierten al paisaje en un personaje más. La naturaleza deja de ser refugio para transformarse en una presencia viva que observa, responde y amenaza.
Puede que su discurso resulte demasiado explícito y que por momentos sacrifique sutileza en favor del impacto. Sin embargo, Engendro consigue construir una experiencia incómoda, violenta y profundamente física sobre la maternidad. Un relato que utiliza el horror para hablar del puerperio, de la transformación del cuerpo y del miedo a aquello que nace tanto dentro como fuera de una madre. No reinventa el subgénero, pero sí confirma que el terror sigue encontrando en los miedos más íntimos algunas de sus historias más poderosas.