Leviticus: cuando el deseo se convierte en monstruo

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Este jueves se estrena en cines argentinos, la ópera prima australiana de Adrián Chiarella, producida por Neon.

Hay algo que el cine de terror viene entendiendo cada vez mejor en los últimos años: los monstruos más aterradores no siempre viven debajo de la cama. Muchas veces habitan dentro de nosotros. Son los deseos reprimidos, la culpa, los traumas y aquello que una sociedad nos obliga a ocultar. Desde The Babadook hasta Talk to Me, pasando por buena parte del nuevo terror australiano, el género encontró en los conflictos emocionales y sociales una fuente mucho más inquietante que cualquier criatura sobrenatural. En Leviticus, Adrian Chiarella se mueve justamente en ese terreno.

La historia sigue Naim (Joe Bird ), un adolescente que llega junto a su madre (Mia Wasikowska) a una pequeña comunidad religiosa australiana. Un pueblo conservador, atravesado por la fe, las tradiciones y una estructura social donde todos parecen vigilar la vida de todos. Allí conocerá a Ryan (Stacey Clausen), uno de los jóvenes del lugar, con quien comenzará una relación marcada por la atracción, el descubrimiento y el deseo.

Pero lo que inicialmente parece una historia de amor adolescente pronto deriva hacia otro lugar. Cuando salen a la luz los vínculos ocultos de Ryan con el hijo del pastor de la comunidad, el escándalo desata una reacción previsible dentro de ese entorno conservador. Será entonces cuando aparezca la figura de un supuesto sanador que promete liberar a los jóvenes de sus «pecados» mediante un ritual purificador vinculado al fuego.

A partir de allí, Leviticus transforma la represión en una amenaza física. Pero donde encuentra su idea más interesante es en la construcción de su amenaza sobrenatural. Porque el demonio que persigue a los personajes no es una criatura cualquiera. Es, literalmente, la materialización del deseo reprimido. La entidad adopta la apariencia de aquello que cada uno anhela en ese momento. Para el protagonista aparece con el rostro de Ryan; para Ryan, con el de Naim, el joven que desea y que intenta ocultar. La película convierte así la represión sexual en un monstruo tangible que acecha constantemente a sus víctimas.

Esa decisión genera además uno de los aspectos más efectivos del relato. Nunca resulta completamente claro si los personajes están frente a la persona real o frente a la manifestación demoníaca. Chiarella juega permanentemente con esa incertidumbre, construyendo situaciones donde el deseo, el miedo y la confusión emocional se mezclan de manera inteligente. El terror no surge solamente de la posibilidad de morir, sino también de la imposibilidad de confiar en aquello que se ama.

La película dialoga con muchas obras recientes que utilizaron el terror para hablar de identidad, sexualidad y adolescencia. Hay ecos de They/Them de John Logan, Thelma de Joachim Trier y especialmente de It Follows d David Robert Mitchell, no solo por la amenaza sobrenatural que persigue a los protagonistas, sino también por la forma en que utiliza el horror para hablar de aquello que los personajes no pueden expresar abiertamente.

Chiarella no parece particularmente interesado en profundizar demasiado en la psicología de cada personaje. Algunos conflictos quedan apenas esbozados y ciertas relaciones podrían haber tenido mayor desarrollo. Pero tampoco parece ser ese el objetivo principal. Lo que realmente le interesa es explorar el mecanismo de la represión y cómo determinadas comunidades convierten el deseo en culpa, la diferencia en amenaza y el amor en pecado.

Desde lo formal, la película encuentra buenos momentos de horror. Las apariciones de la entidad, los rituales y la violencia que emerge a medida que los personajes intentan negar lo que sienten generan secuencias efectivas y por momentos perturbadoras, sabe construir tensión y aprovechar la potencia simbólica de su propuesta.

Y es justamente en esa combinación donde aparece su mayor virtud. Porque Leviticus funciona simultáneamente como película de terror, como drama sobre la represión religiosa y como historia de amor adolescente. Las angustias de sus protagonistas, la necesidad de aceptarse a sí mismos y el miedo a perder a la persona amada terminan teniendo tanto peso como las propias escenas de horror, convirtiendo una historia sobre deseo, culpa y aceptación en una experiencia inquietante y accesible para distintos públicos.

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