Jurassic World: Renacer: La bestia muta, pero la fórmula se repite

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Este jueves se estrena en cines argentinos la séptima entrega de la franquicia de los dinosaurios, creada por Michael Chrichton y llevadas al cine por Steven Spielberg.

Treinta y dos años después del estreno de Jurassic Park, la franquicia vuelve a mutar. Jurassic World: Renace, dirigida por Gareth Edwards (Rogue One, Godzilla, The Creator), busca reanimar una saga que lleva años repitiendo su fórmula, esta vez apostando por una aventura más contenida, con nuevos monstruos y una amenaza menos espectacular pero más ambigua: la ciencia al servicio del mercado.

La historia transcurre en una isla prohibida, donde un laboratorio clandestino manipula ADN de dinosaurios para crear híbridos extremos. Hasta allí llega un grupo de élite en una operación clandestina, financiados por una farmacéutica que promete millones a cambio de muestras genéticas de tres especies clave para desarrollar un fármaco contra enfermedades cardíacas. En el centro de la misión están Zora Bennet, una exagente de la CIA, experta en operaciones encubiertas (Scarlett Johansson), el Dr. Henry Loomis (Jonathan Bailey), un paleontólogo sin experiencia en misiones,  Martin Krebs (Rupert Friend), ejecutivo representante de la empresa farmacéutica y Duncan Kincaid, el capitán de barco, algo cínico pero noble, interpretado con presencia por Mahershala Ali.

A este grupo se suma accidentalmente una familia de turistas: un padre, sus dos hijas y el novio de una de ellas, Xavier, quien comienza como un gag torpe pero terminará transformándose en un inesperado héroe que se gana incluso el respeto del suegro.

L to R: Scarlett Johansson as skilled covert operations expert Zora Bennett and Jonathan Bailey as paleontologist Dr. Henry Loomis in JURASSIC WORLD REBIRTH, directed by Gareth Edwards.

Con un tono de aventura más clásico, Edwards intenta recuperar la tensión de la exploración, la selva, las criaturas como amenazas invisibles. Y visualmente hay escenas logradas. Pero el gran problema —otra vez— es la falta de desarrollo de personajes. Las emociones no cuajan, las relaciones son superficiales, y el dramatismo no logra traspasar la pantalla.

En ese contexto, resulta llamativo —y posiblemente polémico— que el Tiranosaurio Rex apenas aparezca. La criatura insignia de la saga queda relegada, casi como un símbolo de lo que fue. El ícono máximo de la franquicia apenas aparece, reemplazado por nuevas criaturas mutantes que, aunque visualmente inquietantes, no generan el mismo impacto. Especialmente el monstruo final: una criatura híbrida entre dinosaurio y Alien, que parece inspirada en el Rancor de El Regreso del Jedi, pero que aparece brevemente y sin el peso aterrador que se le prometía. Lo que debería ser un clímax monstruoso se vuelve un suspiro desaprovechado.

Jurassic World: Renace intenta marcar un nuevo rumbo para la saga, alejándose del parque temático y acercándose a la biotecnología como nueva amenaza narrativa. Pero sin personajes memorables, sin un conflicto emocional fuerte y con decisiones narrativas discutibles, el intento se queda a medio camino. Lo increíble —y ya casi trágico— es que, tras siete películas, ninguna haya podido igualar la potencia emocional, visual y narrativa de Jurassic Park (1993). La original sigue siendo el fósil más vivo de toda la saga.

En definitiva, una aventura entretenida, con momentos bien ejecutados y un giro hacia la biotecnología como nueva amenaza. Pero su futuro —y el de toda la saga— dependerá menos de los dinosaurios que de los espectadores. El experimento está en marcha. Ahora habrá que ver si sobrevive.

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