La cuarta entrega de la serie creada por Christopher Storer, también guionista y director de muchos de los episodios, se estrenó en la plataforma Disney+.
Una olla burbujea. La radio suena. Sonny & Cher cantan “I Got You Babe”. Carmy se despierta otra vez en ese sillón, en ese loop mental-emocional donde los días se repiten con la misma ansiedad y el mismo peso. En ese reloj que marca 1440 horas para salvar The Bear, cada segundo cuenta. Así arranca la cuarta temporada: con un diálogo imaginado con su hermano, con salsa, pistachos y frustraciones cocinándose a fuego lento.
La serie vuelve a lo esencial: los vínculos, el trauma, el trabajo como refugio y la cocina como espacio de transformación. The Bear es, ante todo, un intento desesperado por nombrar el dolor con los ingredientes que se tengan a mano. Esta vez, con más estructura, más tensión y nuevos condimentos: el restaurante tiene solo dos meses para dar ganancias o se vende. El tío Jimmy y su socio —el implacable “Tío Computadora” (Brian Koppelman)— hacen las cuentas, y el futuro pende de un hilo. No es solo una cocina bajo presión: es una cuenta regresiva emocional.
En paralelo, cada personaje transita su propio plato principal. Carmy empieza un proceso introspectivo que lo obliga a mirar lo que siempre evitó: su dolor, sus vínculos, su madre. El reencuentro con Donna (Jamie Lee Curtis, nuevamente impresionante) en uno de los momentos más crudos de la temporada, lo obliga a desenterrar lo no dicho. El primo Richie (Ebon Moss-Bachrach) enfrenta el casamiento de Tiff (Gillian Jacobs), interpretada ahora con más profundidad, y su relación con Frank (Josh Hartnett), el nuevo marido que además genera celos por el vínculo que empieza a tener con su hija.

Sydney, mientras tanto, navega su dilema profesional: seguir en The Bear o aceptar la oferta seductora de Shapiro (Adam Shapiro), que quiere sumarla a un nuevo proyecto culinario. Un almuerzo con la hija de su prima, uno de los episodios más cálidos y reflexivos, la empuja a pensar qué significa soltar, avanzar, y elegir por sí misma. Como siempre, Ayo Edebiri brilla en los matices.
Natalie “Sugar” Berzatto (Abby Elliott) atraviesa quizá su temporada más compleja: con una bebé recién nacida en brazos y The Bear al borde del colapso, se ve forzada a desdoblarse entre mamaderas, llantos y proveedores que no llegan. Siempre fue el sostén silencioso del caos familiar, pero ahora ese rol se intensifica. Con la misma naturalidad con la que acomoda cuentas, negocia con constructores o frena a Carmy, intenta también sostener a Sophie, su hija, en un mundo que no da respiro. Sugar no grita, pero resiste. Y en ese equilibrio imposible entre el trabajo y la maternidad, The Bear encuentra uno de sus hilos más humanos.
Marcus —tierno, comprometido, silencioso— recibe por fin el reconocimiento que merece. Pero también debe decidir si quiere reencontrarse con su padre, en uno de esos momentos donde la serie habla de lo personal sin necesidad de subrayarlo. Tina obsesionada por mejorar su tiempo de cocina. Ebraheim, que sigue empujando el carro desde The Beef, ahora bajo la influencia de su mentor empresarial Albert (el gran Rob Reiner), un tipo intenso que cree en “crear oportunidades” pero que también exige resultados. Luca (Will Poulter) vuelve desde Copenhague como ese faro profesional y emocional que todos consultan, pero pocos siguen.
Esta temporada también abre espacio para nuevas tensiones. Francine Fak (Brie Larson), mencionada en temporadas anteriores como una vieja enemiga de Natalie, hace su aparición en la boda de Tiff, y las chispas no tardan en saltar. Chantel (Danielle Deadwyler), una amiga del pasado de Sydney, aparece brevemente, pero deja su huella en la trama emocional de la chef. Y sí, Mikey (Jon Bernthal) también vuelve, fugaz pero clave, en un flashback que reafirma el centro emocional de toda la serie: lo que no supimos decir a tiempo.
El capítulo “Osos” es uno de los más emotivos y potentes, quizás el mejor de la serie. La charla entre Carmy y Lee (Bob Odenkirk), ex pareja de su madre, ilumina con ternura y dureza lo que fue Mikey, lo que quedó de él y cómo todos —cada uno a su manera— intentan sobrevivir a su ausencia.
El Oso sigue siendo errática, imperfecta, a veces excesiva. Como su cocina. Pero cuando encuentra el punto exacto, cuando acierta en el equilibrio entre lo íntimo y lo explosivo, alcanza momentos que no se ven en ninguna otra serie. Y esa es su fuerza: brilla cuando menos lo esperás.
El reloj llega a cero. Pero el futuro no está escrito. ¿Se irá Carmy? ¿Podrá salvar The Bear? ¿Alguien logrará salvarlo a él?. Queda abierto para la Quinta Temporada, recién confirmada. Mientras tanto, el restaurante —y la serie— siguen cocinando en el límite.