Este jueves se estrena en cines argentinos, la película de Paul Feig, protagonizada por Sydney Sweeney y Amanda Seyfried.
Al recorrer la filmografía de Paul Feig queda claro que, más allá de los géneros que toque, hay una constante que atraviesa casi todo su cine: el centro del relato siempre está ocupado por mujeres de carácter, incómodas, excesivas, impredecibles. Desde Damas en guerra hasta Un simple favor, pasando incluso por la fallida pero coherente versión femenina de Los Cazafantasmas, Feig nunca dejó de trabajar sobre ese universo. La comedia fue su territorio natural, pero también su puerta de entrada a zonas más oscuras.
En La Empleada, Feig corre apenas el eje. No abandona del todo su tono juguetón, pero se anima a un thriller psicológico con perfume melodramático, apoyado en la adaptación de la novela homónima de Freida McFadden. No hace falta conocer el libro para entrar en la historia: la película se encarga de marcar rápidamente el terreno.
Sidney Sweeney interpreta a Lily, una joven que acaba de salir de prisión tras cumplir condena por un crimen que no sabremos hasta el final. La libertad condicional la obliga a aceptar un trabajo como empleada doméstica en la casa de una millonaria excéntrica, encarnada por Amanda Seyfried. Ese espacio —lujoso, asfixiante, lleno de reglas tácitas— se convierte rápidamente en una trampa. Lily pasa a ser objeto de humillaciones, desprecios y maltratos constantes por parte de una mujer emocionalmente inestable, que oscila entre el encanto y la crueldad con una facilidad inquietante.
Hay señales claras de desequilibrio, de conductas psicóticas, de algo que no termina de cerrar. Pero Feig juega a otra cosa: a esconder cartas, a sugerir que detrás de esa familia hay secretos más oscuros de los que se ven a simple vista. La película avanza así como un thriller que coquetea con la comedia negra, el romance y hasta el melodrama, sin terminar de encasillarse del todo. Y en ese vaivén encuentra buena parte de su encanto.

Amanda Seyfried se roba la película. Su millonaria desquiciada es exagerada, magnética, peligrosa y divertida a la vez. Cada giro que propone el personaje funciona como motor narrativo y como trampa para el espectador, que nunca termina de saber desde dónde mirar lo que está pasando. Sweeney, por su parte, vuelve a demostrar que no le teme a correrse de su zona de confort, sosteniendo un personaje vulnerable pero atento, siempre al borde.
Hay que detenerse también en Andrew, el esposo de esta mujer tan magnética como peligrosa. Interpretado por Brandon Sklenar , el millonario encantador entra en escena con la sonrisa perfecta, el gesto amable y ese aire de hombre confiable. Detrás de esa imagen pulida, algo no termina de cerrar. Más aún cuando aparece la figura de la madre, encarnada por la siempre inquietante Elizabeth Perkins, una suegra que no necesita alzar la voz para dejar en claro que es ella quien mueve los hilos
La Empleada no reniega del cliché: lo usa a su favor, lo estira, lo ensucia y lo resignifica para generar sensaciones ambiguas. Hay violencia, hay sangre cuando hace falta, y hay una clara decisión de abrazar el género. Feig confirma acá algo que ya venía insinuando: su versatilidad. Puede venir de la comedia más desfachatada y terminar construyendo un thriller eficaz, entretenido y bien calibrado.