Matate, amor: el monstruo invisible del posparto

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Este jueves se estrena en cines la nueva película de Lynne Ramsay, directora de Tenemos que hablar de Kevin y En realidad, nunca estuviste aquí.

Hay películas que no se miran: se soportan, se respiran, se padecen. Matate, Amor de Lynne Ramsay pertenece a esa estirpe incómoda donde el cine se convierte en una experiencia física, casi febril. Desde su estreno en Cannes, fue recibida con el fervor y la sospecha que solo provocan las obras de una directora tan adorada como imprevisible. Ramsay, que ya había diseccionado la mente materna en Tenemos que hablar de Kevin y la alienación del duelo en Morvern Callar, regresa aquí con un retrato más íntimo y al mismo tiempo más brutal: la depresión postparto como una grieta por donde se cuela la locura.

La película adapta la novela “Matate amor” de la argentina Ariana Harwicz, un texto feroz escrito en primera persona, casi como si una mente desbordada vomitara palabras. Ramsay decide no traducir ese flujo con palabras, sino con imágenes: cuerpos fuera de foco, luces que tiemblan, sonidos que raspan. El relato no se apoya en la razón, sino en la fisura. Todo está filtrado por la mirada alucinada de la protagonista —una Jennifer Lawrence que ofrece una de las interpretaciones más crudas y descarnadas de su carrera—, una mujer que se descompone en silencio en una casa perdida del sur norteamericano junto a su pareja (Robert Pattinson), entre el tedio, la rabia y un bebé que llora más de lo que el mundo aguanta.

Ramsay filma el derrumbe mental como un acto de resistencia estética. La cámara se adhiere al cuerpo de Lawrence hasta volverlo terreno de guerra: la piel, el sudor, las lágrimas y los temblores son materia cinematográfica. Un perro que ladra, un viento que no cesa, una música que no deja respirar. La directora escapa del realismo y abraza el delirio, construyendo un lenguaje visual donde el exterior —ese campo hostil y árido— funciona como reflejo del interior roto de su protagonista. En ese sentido, Matate, Amor es tanto una película sobre la maternidad como sobre la imposibilidad del deseo: una mujer que ya no puede reconocerse en su cuerpo, ni encontrar placer en la piel del otro.

La presencia de Martin Scorsese como coproductor, más simbólica que práctica, ayuda a amplificar la expectación. Ramsay con respaldo de una leyenda viva y dos actores icónicos entregados a una experiencia radical. Y eso se nota. Lawrence actúa como si estuviera en trance; Pattinson, en cambio, encarna el vacío, la erosión del vínculo, el amor transformado en rutina. La tensión entre ambos se vuelve insoportable, y Ramsay no ofrece salida: ni consuelo, ni catarsis, solo la persistencia del dolor.

Sin embargo, no todo es perfección en este espasmo fílmico. Cuando el filme ya parece haber alcanzado el límite de la locura, todavía se atreve a ir más lejos. La media hora final es un estallido de imágenes, cortes y gritos que terminan por saturar. Lo que antes era hipnótico se vuelve redundante. A eso se suma cierta fragilidad narrativa: personajes secundarios que no logran anclar el relato —especialmente el interpretado por LaKeith Stanfield, cuya relación con la protagonista parece borroneada, más símbólica que presencial.

Pero incluso con esos tropiezos, Matate, Amor conserva una cualidad innegable: es una película que no pide comprensión, pide entrega. Su lenguaje no se explica, se siente. En tiempos donde el cine de autor muchas veces se acomoda a las fórmulas del streaming, Ramsay elige incomodar, exagerar, saturar. Puede que a veces se le escape la mano, pero en ese exceso hay una honestidad brutal.

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