¿Netflix odia al cine? Arte vs capitalismo, capítulo 2020

La nueva función anunciada por la compañía para disminuir o acelerar la velocidad de reproducción de los contenidos revive la eterna polémica entre el cine y las plataformas de streaming.

Theodor Adorno y Max Horkheimer publicaron a mediados de década de 1940 una serie de ensayos que recopilaron en el libro Dialéctica de la ilustración. Perseguidos por el nazismo, ambos terminaron exiliados en Estados Unidos, donde a su visión pesimista de la humanidad, producto de haber sido testigos de los horrores de la Alemania de Hitler, le sumaron el desencanto con la sociedad de consumo que encontraron en su nuevo hogar. En ese contexto nació la idea de Industria cultural.

La industria cultural es a nuestra sociedad lo que los dementores al mundo de Harry Potter: una estructura cuya función pareciera ser la de chupar el alma (o el aura) de las producciones artísticas para vaciarlas de contenido, para sacarles sentido, para anular cualquier tipo de reflexión, crítica, pensamiento que pudiese derivar de las mismas y reducirlas a elementos de consumo masivo irreflexivos y descartables.

Desde hace un tiempo el cine pareciera estar librando una intensa batalla contra sus propios dementores: las plataformas de streaming.

Las películas se filman para ser vistas en salas de cine. Si bien hubo, hay y habrá films pensadas para televisión, la mayoría de la producción cinéfila sigue apuntando a la gran pantalla. La misma industria se ocupa de defender ese statu quo, obligando a cualquier plataforma de streaming a proyectar en pantalla grande si quiere aspirar a ser parte de la temporada de premios, cuyo corolario son los Oscar.

Pero además, una película pensada para pantalla grande vincula la experiencia que busca generar a ese formato. Directores y productores piensan cada plano, cada secuencia, cada color, cada sonido para ser apreciados en salas de cine. Aquí encontramos el primer problema: quitar el film de su lugar de origen para llevarlo a otros dispositivos (televisor, computadora, tablet, celular) es inevitablemente una alteración a la obra y a la intención con la que fue concebida.

Sacar al cine de los cines no solo altera lo que el creador/ra de la obra quiso mostrarnos sino también la experiencia por fuera de lo estrictamente técnico. No es lo mismo hacer una película de terror pensada para ser vista en una sala oscura y silenciosa que hacer una película de terror que será vista desde el celular mientras vamos respondiendo mensajes de Whatsapp. No es lo mismo ver Un lugar en silencio en el cine que verla en casa.

Sacar al cine del cine no es siempre algo malo. Es una forma de hacerlo llegar a más personas, incluidas aquellas que no tienen los recursos económicos para pagar una entrada y que de otra forma no accederían al contenido. También es una manera de hacer que nuevas generaciones se interesen por ese tipo de arte. Es, en definitiva, una forma de retroalimentarse.

Estas alteraciones, si bien hoy se encuentran potenciadas como nunca antes debido a todos los dispositivos desde los cuales podemos acceder a las películas y las plataformas de streaming, no son nuevas. Desde hace décadas vemos películas por televisión. La misma industria del cine fomentó esa situación como método para seguir rentabilizando a lo largo del tiempo sus producciones. Primero se recauda por venta de entradas, luego por Blu-ray (en reemplazo del VHS y el DVD), luego se venden los derechos a los canales de cable y por último llegan los canales de televisión abierta, como ocurren en Argentina con las películas que pasan Canal 13 y Telefe.

Entonces, si aceptamos que, aunque hoy se encuentre en su auge, ver películas fuera del cine es algo que viene desde hace décadas, ¿qué hay de nuevo en el contexto actual?, ¿por qué la decisión de habilitar para el público la manipulación de la velocidad de los contenidos es «polémica»?

El tiempo, la velocidad y la lógica de las plataformas de streaming

La Industria cultural genera hoy en día productos en cantidades inimaginables. Cada día hay una nueva serie para ver, una película que no te podés perder, un artista cuyo disco debés comprar, etc. Si bien la exaltación de los productos del presente es algo inherente al sistema capitalista, lo que sí es un signo de nuestro tiempo es la velocidad con la que descartamos todo aquello que consumimos.

No hay tiempo para fanatizarse con una serie al punto de no ver otra cosa que no sea eso durante meses, no podemos destinar horas y horas a saber todo sobre esa película que nos fascinó al punto de aprendernos los guiones de memoria y sabernos hasta los nombres de las calles en las que se filmaron las escenas. Es cierto, todos conocemos personas que vieron mil veces Friends, que todos los fines de semana ven Harry Potter en TNT o que pueden decirnos los diálogos de Los Simpsons de principio a fin sin un solo error. Pero la propia dinámica de nuestra cultura va llevando a que con las producciones actuales sea un fenómeno cada vez más inusual. Y eso, en el ámbito audiovisual, está fomentado por plataformas como Netflix.

¿Cuál es el negocio de las plataformas de streaming? En primer lugar, que cada uno de sus suscriptores pase dentro de ellas la mayor cantidad de tiempo posible. Con esa premisa no importaría demasiado lo que cada uno de nosotros/as veamos mientras lo hagamos allí. No importaría si solo viésemos la misma película desde hoy hasta el final de nuestros días. Sin embargo hay otro factor preponderante en el negocio: ver el contenido que compañías como Netflix producen.

Las plataformas pueden pagar por los derechos para tener en su catálogo clásicos como El ciudadano Kane o novedades como la última versión de Joker, pueden llegar a acuerdos para ofrecer series como Friends o The Walking Dead, pero no son producciones que les pertenezcan, por lo tanto, si el público que paga la suscripción lo hace para ver esos contenidos, el día que sus propietarios verdaderos decidan no renovar el vínculo con Netflix, Amazon, HBO o quien sea, la audiencia de las plataformas migrará hacia donde esté lo que quiera ver.

La solución a ese problema que decidieron implementar las plataformas de streaming fue la de convertirse en productoras. Todas generan su contenido original, todas hacen sus series, sus películas y sus documentales. Si logran que las audiencias se interesen en sus producciones tienen el problema resuelto, porque ese contenido les pertenece y por lo tanto siempre lo van a tener disponible.

Las plataformas de streaming no tienen la trayectoria, en algunos casos centenaria, de las grandes e históricas productoras de Hollywood. Por lo tanto, el catálogo propio del que disponen para cautivar al público es más bien escaso. E incluso grandes marcas como Disney, aun siendo casi monopólicas, no pueden disponer del catálogo definitivo, por eso necesitan buscar formas de mantenernos en ellas. Es en ese sentido que la lógica implementada fue la de bombardear con contenido original.

No buscan que generemos algún vínculo real con lo que vemos, sino que apuntan a que estemos insertos en una vorágine tal de novedades que nos mantenga siempre en la plataforma dispuestos a consumir lo último, la nueva joya de la corona que aparece una vez por mes. De esta forma la maquinaria sigue girando y puede a la vez ir incorporando nuevos públicos.

Todo el tiempo Netflix, Amazon y compañía están sacando nuevas películas y series, en las que la calidad, el tiempo necesario de maduración del contenido, el mensaje, la propuesta artística y la experiencia que propongan pasan a un último plano, en tanto lo importante es que puedan convertirse en memes virales, en entretenimiento barato que nos mantenga hablando de sus producciones para que estén siempre en los estrenos destacados de la semana. Sí, también pueden poner cientos de millones en financiar la última de Scorsese o bancar a Roma , pero detrás de esos contraejemplos tenemos de a decenas de los otros.

La velocidad entonces es un tema central en las plataformas. Todo el tiempo necesitan que estemos viendo algo nuevo, todo el tiempo necesitan que sus estrenos estén en el debate público. La única forma de conseguir eso es fomentando un consumo descarte, en el que no hay tiempo para la reflexión, para revisionar una y mil veces, para analizar escenas, para ir a leer el libro en el que estuvo basado eso que nos gustó, porque al instante tenemos que saber el nombre del protagonista del nuevo lanzamiento. Mirar, tirar a la basura y mirar algo nuevo. Esa es la fórmula que proponen.

Un ejemplo cliché pero no por eso menos válido es como, al terminar de ver algo, Netflix pone por defecto los créditos en un cuadradito chiquito y automáticamente casi que nos obliga a mirar dentro de 20 segundos lo que nos ofrece. El momento en el que llegamos al final de una película o serie es uno de los mejores para pensar en lo que vimos, para analizar la obra, para revivir lo que sentimos. La compañía de la N roja decide que eso no es conveniente y que lo mejor es ver otra cosa.

Tan grande es el negocio en torno a que estemos todo el tiempo mirando cosas nuevas que Netflix decidió contar como visualización cualquier reproducción que supere los dos minutos. Es así como puede decir que la última película de Charlize Therón fue vista en 72 millones de hogares, sin discriminar cuántos vieron más de 30 minutos de las dos horas que dura el film. La visualización veloz es el alimento de la compañía.

En en este contexto que se enmarca algo que puede parecer de poca relevancia, como lo es la posibilidad de acelerar (y también ralentizar) las películas.

Si la Industria cultural extirpa cualquier pretensión de una producción artística que no sea la de ganar dinero, si la reduce a su mínima expresión quitándole cualquier atisbo de personalidad y descartando lo que tenga para decir, el consumo voraz que impera en la actualidad lleva esa situación a cotas nunca antes alcanzadas. Lo que importa es la velocidad con lo que consumimos cosas nuevas, y para que ese ritmo sea constante no tiene que haber lugar para que nos detengamos a asimilar lo que vemos.

La posibilidad de acelerar el tiempo de reproducción pasa a ser un instrumento dentro de esta lógica, pasa a ser una herramienta al servicio de seguir el ritmo que nos proponen, de estar al día con todas las novedades, de tener de vista a todos los personajes, de poder opinar sobre todas las 300 series nominadas al Emmy. No importa el nivel de profundidad que le podamos dar al análisis ni el nivel de reflexión que nos permitamos o lo que nos hayan generado esos productos, lo que interesa es que hayamos sumados a las visualizaciones totales que Netflix presenta en su balance anual ante sus accionistas.

Manipular velocidades es algo con lo que estamos familiarizados desde hace décadas en el mundo audiovisual (por ejemplo con los VHS). Pero el sentido que cobra hoy en día en lugares como las plataformas de streaming es diferente.

Nosotros, la cultura

La cultura cinematográfica en particular ,y la audiovisual en general, lejos están de ser las única dentro del campo artístico y social. Sin embargo la velocidad es algo que atraviesa todas nuestras esferas sociales y es un característica de la forma operativa de la Industria cultural actual.

Podemos comunicarnos con otra persona ubicada a miles de kilómetros en solo segundos a través de Whatsapp, podemos enterarnos de las noticias incluso antes de verlas en las sitios web de los diarios, podemos comprar lo que se nos antoje con tan solo pasar dos minutos dentro de una aplicación.

Hacer cosas en segundos y pasar a otras de forma automática es parte no solo de nuestras acciones banales sino también, hoy más que nunca, de nuestras relaciones interpersonales. El cine no puede escapar a eso, no tiene forma de evitarlo. Las grandes productoras, las plataformas de streaming y buena parte de las personas del mundo cinematográfico quieren, como casi todo el mundo, vivir de lo que hacen y para eso van a intentar fomentar lo que más les convenga.

Pero a pesar de estar atravesados por todos esos factores, a pesar de ser parte de esa cultura, por más influencia que Netflix tenga, por más intentos que haga para que sigamos su frenético ritmo de novedades, seguimos siendo nosotros quienes podemos pisar el freno y pensar en cómo estamos llevando adelante nuestros consumos culturales. ¿Cuántas veces en el año escuchamos y decimos frases como «la mejor película/serie de los últimos años?, ¿cuántas veces nos encontramos preguntando casi con horror a alguna persona cómo es posible que no haya visto tal serie nueva?

Al final del día Netflix no nos obliga a mirar todo a la desesperada, ni tampoco nos va a obligar a mirar la última temporada de La casa de papel con la velocidad aumentada para saber cómo termina. Somos nosotros/as quienes seguimos tomando las decisiones. ¿Está bien descartar como si nada lo que consumimos? ¿Tenemos que dedicarnos a reflexionar sobre las problemáticas de los personajes de Élite? ¿Hay que ir corriendo a ver a Sandra Bullock con una venda en los ojos durante dos horas? ¿Que alguien nos diga que 72 millones vieron tal cosa, que una película se convierta en la más taquillera o que no conozcamos al personaje del que hablan en el trabajo nos tiene que llevar a ver cada cosa nueva de la que se habla?

No creo que haya una respuesta correcta. Cada quien tiene total derecho a decidir qué ver y cómo verlo sin tener que escuchar a nadie darle un sermón sobre por qué está cometiendo una supuesta herejía contra el arte o, en caso contrario, sobre por qué es el supuesto mejor público que haya existido nunca. Lo que sí creo importante es que, en un ejercicio casi contracultural, nos tomemos un tiempo para pensar y decidir lo que tenemos ganas de hacer y cómo vamos a hacerlo.

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