Candyman de Nia DaCosta.

Nuestra puntuación

Llegó a los cines la «secuela» de la película de 1992 inspirada en el cuento de Clive Barker, esta vez producida por Jordan Peele.

Yahya Abdul-Mateen II protagoniza esta nueva entrega de Candyman dirigida por Nia DaCosta.

Para los que pasamos los cuarenta hay películas y personajes que nos persiguen desde niños. Freddy, Jason, Michael Myers nos han dado una seguidillas de slasher protagonizados por ellos que se repitieron hasta el hartazgo. Pero hay uno que se ha convertido en objeto culto con una sola aparición y nos dejó con ganas de más, Candyman: el dominio de la mente de Bernard Rose (descartamos las dos secuelas porque no valen la pena). Adaptación del cuento de Clive Barker, The Forbidden, el film contaba la historia de un un fantasma con un gancho en vez de mano que aparece cada vez que su nombre se pronuncia cinco veces ante un espejo. Candyman era el espíritu vengativo de un esclavo que fue mutilado por una horda de gente enloquecida que lo acusó de violar a una mujer blanca.

Esta película es una secuela directa de la película homónima de Bernard Rose de 1992 y, como en el original, las casas Cabrini-Green de Chicago tienen su propio Boogeyman, sostenido por el boca a boca. Allí vive Anthony (Yahya Abdul-Mateen II), un artista plástico, junto a su novia, Brianna (Teyonah Parris), una curadora de una galería de arte del lugar. Ubicado en un nuevo condominio construido en el barrio, Anthony se familiariza con la leyenda de Candyman mientras intenta romper su bloqueo creativo. Un viejo habitante local de Cabrini le cuenta la historia del Hombre de Caramelo, pero su obsesión por el tema conduce a que el artista sea arrojado a una cadena de historias violentas, que la película ilustra de manera particular a través de espectáculos de sombras chinescas(incluido uno que recapitula los eventos de la primera película).

Pero más allá de la relación directa con la primera película, conceptualmente esta nueva entrega está atrapada en algún lugar entre una secuela y una reinvención, formando su propia mitología del personaje en una nueva dirección, abordando temas contemporáneos como el lugar que ocupa el arte, la gentrificación en los suburbios de Chicago y la apropiación cultural. DaCosta y compañía han pensado en esas historias, es por eso que el guión es rico en sugerencias sociales y culturales, cuyo principal está relacionado con el tormento racial que marca a generaciones de ciudadanos negros, aunque abre hilos que se cruzan sobre cómo el arte negro se enfrenta al comercio («Les encanta lo que hacemos, pero no nosotros», observa un personaje), mientras sirve como una fuente testimonial de poder a través de generaciones, desempaquetando el trauma cíclico que los padres comparten con sus hijos.

Con todas esas temáticas sobre el lienzo e ideas zumbando como abejas alrededor de la narrativa hacen que sea fácil perder sintonía con la energía de la película. Por momentos parece que estamos viendo una película slasher, en otros el proceso de decadencia obsesiva del artista/científico símil The Fly; en algunos un comentario sobre el consumo del arte, al estilo Velvet Buzzsaw de Dan Gilroy; e incluso con algunas influencias de The Babadook en las aterradoras formas de contar las historias pasadas a través de sombras chinescas. Candyman puede ser cada una de estas cosas, pero sus diversos intereses, como el volumen de injusticia que examina y las estructuras que interroga, requieren de un espacio extra para que su desarrollo sea más adecuado. Una hora y media no parece ser suficiente para meternos en profundidad aunque igualmente funcione como un puntapié interesante para reinventar la saga o expandir el universo del Hombre Caramelo.

Compartir:

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *