Llega a las salas nacionales el thriller sobrenatural protagonizado por Thomasin McKenzie y Anya Taylor-Joy.

La filmografía del británico Edgar Wright es impecable. A su debut como director de largometraje con el western/comedia A Fistful of Fingers le ha seguido uno de las mejores comedias de los últimos años, la parodia de zombies Shaun of the Dead, parte inicial de la famosa Trilogía del Cornetto, que continuó con Hot Fuzz y The World’s End. A ellas se le suma la inolvidable Scott Pilgrim vs The World y su última producción, Baby Driver, por la que obtuvo tres nominaciones al Óscar por Edición de Sonido, Sonido y Montaje. Por eso la expectativa era alta para su sexto largometraje de ficción como director (este año también estreno The Sparks Brothers, un documental).
En un principio, en su nueva película se mete en un terreno que cualquiera que se haya mudado a una gran ciudad enseguida se sentirá identificado con la situación. El torbellino de emociones que golpea en esos primeros días: asombro, excitación nerviosa y «el agobio» que genera un lugar que cuyas revoluciones por minuto son inmensamente mayores al lugar de procedencia. La víctima es Eloise, una estudiante de moda interpretada por Thomasin McKenzie. Hospedada en una residencia estudiantil no solo sufre por el ritmo frenético de la ciudad sino también porque sus compañeras de estudio son una pesadilla. La paz que necesitaba para adaptarse parece haber llegado cuando se muda al último piso de una vieja casona de Bloomsbury, propiedad de una casera malhumorada (Diana Rigg).
El cambio de vida se hace mayúsculo cuando por las noches, al acostarse en la cama, se ponga en la piel de una aspirante a cantante de cabaret, Sandie (Anya Taylor-Joy). En sus viajes nocturnos se trasladará a 1965, cuando Thunderball, la clásica cinta de James Bond, se esté reproduciendo en los cines del West End y Cilla Black esté deslumbrando a las multitudes de los clubes nocturnos. Al principio, los viajes de Eloise al pasado inspiran su trabajo y motivan su confianza, al revivir las experiencias de una más extrovertida y glamorosa Sandie. Eloise tiñe su pelo como Sandie, e incluso reúne el valor para conseguir un trabajo como mesera en el Toucan. Pronto Eloise se da cuenta de que la vida de Sandie no es un lecho de rosas, y los sueños comienzan a volverse más oscuros, conectándose con un pasado tortuoso, donde los fantasmas del maltrato sufrido se harán presente.
Con el agobio como concepto general que flota sobre la película y que aparece mencionado en cada uno de los diálogos, el director le deja toda la responsabilidad a las dos estrellas de la película. Thomasin McKenzie y Anya Taylor-Joy son quienes se cargan todos sus espaldas y se ponen en la piel de dos mujeres en busca de concretar sus sueños de crecer profesionalmente dentro de contextos diferentes, siendo víctimas de la misma explotación sexual; una en el pasado, otra en la actualidad, lo que hace que sea una descripción inteligente del trauma que resuena a través del tiempo. Secundadas por Matt Smith (Dr Who, The Crown) como el elegante joven que parece ser quien llevará a Sandie al estrellato; MIchael Ajao como John, el inclaudicable joven que trata de ayudar a Eloise en la difícil adaptación a la ciudad y por dos íconos del cine británico como Terence Stamp y Diana Rigg, lamentablemente fallecida luego del film.
Al igual que en todas las producciones de Edgar Wright, la música es protagonista principal y el director vuelve a dar una masterclass sobre cómo trasladarnos a la época con una banda sonora de lujo. The Searchers, The Kinks, The Walker Brothers, Cillia Black y toda una gran variedad de temas musicales de la época nos meten en la Londres de los 60, con la frutilla del postre de una gran versión de Downtown de Petula Clark en la voz de Anya Taylor-Joy. Todo eso convierte a la película en una evocación inmersiva del tiempo y el lugar, con una sobria flexión cinematográfica de Wright, quien también nos brinda un par de escenas musicales, con un impecable dominio del montaje interno y de edición. Asimismo, la fotografía de Chung-hoon Chung (Oldboy), la dirección de arte de Marcus Rowland (Rocketman) y el diseño de vestuario de Odile Dicks-Mireaux (Brooklyn), constituyen el equipo ideal para darle la elegancia y la contundencia a una película de una extraña belleza, que compite con la Cruella de Disney, en términos de su riqueza visual.
De esta manera, bajo la premisa de un thriller psicológico sobrenatural, se esconde la película más madura de Edgar Wright. Con guiños a Clouzot y Brian De Palma e indicios de la atmósfera nerviosa de Roman Polanski; sumado a sutiles elementos del giallo italiano y una mirada de las diferentes formas de sometimiento femenino a través del tiempo, el director británico le corre el telón a la Londres glamorosa, luminosa y resplandeciente para mostrarnos su parte más turbia y aterradora.
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