María Callas: El último acto de una leyenda

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Este jueves se estrena en cines argentinos, la nueva película del director chileno Pablo Larraín, protagonizada por Angelina Jolie.

Pablo Larraín vuelve a explorar la vida de una mujer icónica con María, un retrato íntimo de la legendaria soprano María Callas, que se suma a su trilogía sobre figuras femeninas del siglo XX tras Jackie (2016) y Spencer (2021). Esta vez, el director chileno se adentra en los últimos días de la cantante en París, ofreciendo una mirada evocadora sobre la soledad y el peso de la gloria.

Desde el inicio, Larraín establece su inconfundible sello. Al igual que en sus películas anteriores, la reconstrucción de época es impecable, con un meticuloso trabajo en vestuario y decorados que recrean la opulencia de Callas, pero también la pesadez emocional que la rodea. Angelina Jolie encarna a la soprano con un registro contenido y melancólico, capturando tanto su aura mítica como su fragilidad. Aunque la voz de Callas es insustituible, la película juega con la mezcla de grabaciones originales y el registro de Jolie, creando un efecto que oscila entre la imitación y la interpretación.

MARIA. Angelina Jolie as Maria Callas in Maria. Cr. Courtesy of Netflix © 2024.

La estructura del filme se asemeja a una ópera en tres actos, con una obertura y un epílogo, en sintonía con la pasión de Callas por el género. La película inicia el 16 de septiembre de 1977, el día de su muerte, y retrocede una semana, mostrando su vida en el encierro de su departamento parisino. Allí, sus empleados (interpretados magistralmente por Pierfrancesco Favino y Alba Rohrwacher) intentan cuidarla, pero ella se sumerge en recuerdos y en la constante presencia de su fiel sedante, el Mandrax, que en la película cobra forma humana a través de un periodista interpretado por Kodi Smit-McPhee, en una apuesta narrativa que mezcla la alucinación con la realidad.

El filme no solo reconstruye la vida de Callas, sino que también explora los temas recurrentes en el cine de Larraín: el peso de la fama, la identidad y la soledad de quienes han sido convertidos en íconos. Si Jackie retrataba la construcción de una imagen pública y Spencer el intento de escapar de ella, María Callas es la historia de una mujer atrapada en su propio mito, incapaz de separarse de la diva que el mundo esperaba ver en ella.

Visualmente, el trabajo de Edward Lachman en la fotografía refuerza este sentimiento de decadencia y esplendor, utilizando una paleta de colores que evoca la nostalgia del París de los setenta. Los contrastes entre luces y sombras reflejan la distancia entre la Callas pública y la privada, mientras que los encuadres cuidadosamente compuestos dan la sensación de estar observando a la soprano a través de un cristal, como si nunca pudiéramos acercarnos del todo a ella.

Angelina Jolie ofrece una de sus interpretaciones más conmovedoras, equilibrando la elegancia con la vulnerabilidad. Su trabajo no es una mera imitación, sino una aproximación que captura la esencia de Callas, su voz temblorosa, su mirada perdida en el pasado y su desesperado intento de aferrarse a una identidad que se le escapa de las manos.

María Callas no es una biografía convencional, sino una elegía sobre el paso del tiempo y la fragilidad del genio. Larraín convierte los últimos días de Callas en un canto melancólico sobre la imposibilidad de separar el arte de la vida. Como en una ópera trágica, el destino de la protagonista está sellado desde el inicio, pero el viaje emocional que propone la película es tan poderoso como la voz de la diva en sus mejores tiempos.

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