La Masacre de Texas de David Blue Garcia.

Se estrenó en la plataforma Netflix, una nueva entrega del clásico slasher creado por Tobe Hooper y Kim Henkel.

Leatherface y su motosierra vuelven en esta nueva entrega de La Masacre de Texas.

Desde el éxito inesperado de La Masacre de Texas de 1974 dirigida por Tobe Hooper siempre ha habido múltiples intentos por reflotar la franquicia. El clásico slasher (top cinco de mis películas de terror preferidas) tuvo un irrisorio presupuesto para una producción de 140.000 dólares y ganancias superiores a los 30 millones de dólares, lo que marcó un antes y un después dentro del género; siendo referente en las producciones sobre asesinos en serie. Lamentablemente, nada de lo que salió luego se acercó a captar la esencia de la primera, aunque algunas tuvieron una buena recepción de los fanáticos de la saga, como la bizarra El Regreso de la Masacre de Texas de 1994, donde veíamos a Matthew McConaughey y Renée Zellweger hacer sus primeras armas; el documental Texas Chain Saw Massacre: The Shocking Truth donde muestran el proceso de creación de la cinta original o (esta es a título personal) la remake de 2003 dirigida por Marcus Nispel, con la debutante Jessica Biel como protagonista. Lo demás era de mediocre para abajo, pero, más allá de lo despareja que resultaron, la vuelta de Leatherface y su motosierra siempre es bienvenida para los fanáticos del género.

La vuelta se da en la plataforma Netflix, pero lo más importante y esperanzador es que lo hace de la mano de los uruguayos Fede Alvárez y Rodo Sayaagues, quienes le han devuelto la esperanza a quienes adoran el terror más visceral con la saga Don’t Breathe (No Respires) y la más que aceptable remake del 2013 de Evil Dead de Sam Raimi. La película comienza 50 años después de la masacre de 1973, cuando Melody (Sarah Yarkin), su hermana adolescente Lila (Elsie Fisher) y sus amigos Dante (Jacob Latimore) y Ruth (Nell Hudson) viajan al remoto pueblo de Harlow (Texas) para montar un negocio muy idealista. Su sueño se convierte en una auténtica pesadilla cuando molestan sin querer a Leatherface, el desquiciado asesino en serie cuyo sangriento legado sigue acechando a los habitantes de la zona, entre ellos Sally Hardesty (Olwen Fouéré), la única superviviente de la masacre, decidida a vengarse del asesino.

Con una duración (1 hora y 23 minutos) similar a la película de 1974, el film es vertiginoso a la hora de mostras los perfiles de las nuevas víctimas del asesino, de los cuales solo sabemos que Lila viene perseguida con un trauma de una matanza escolar de la cual su hermana Melody trata de rescatar; un instagramer con una gran cantidad de seguidores, acompañado con su novia, quien planea resignificar el lugar para explotarlo turísticamente. Por eso la matanza de Leatherface no será solo por placer y nada más, también será contra la gentrificación de un pueblo fantasma, un tema que ya había sido abordado en la nueva versión de Candyman de Nia DaCosta. Y si hablamos de repetir fórmula, lo mismo sucede con la aparición de la única superviviente de la original donde parecía que iba a tomar el camino de la nueva entrega de Halloween (2018), para convertir la historia de nuevo en una venganza, pero su papel aquí es menor y, lo más importante, no le roba protagonismo a Leatherface quien, alejado de su hogar, esta vez debe manejarse dentro de un espacio distinto y en soledad, sin ninguna complicidad familiar.

Dentro del muestrario del terror más intenso y sangriento se da el lujo de entregarnos grandes momentos de suspenso (la escena en la cosechadora de maíz) y del más puro gore, como la escena del autobús, que tranquilamente puede ser una escena de Braindead de Peter Jackson. Por eso, aunque esta nueva versión de La Masacre de Texas parece más de lo mismo, sorprende a aquellos quienes disfrutan del slasher más visceral, siguiendo la premisa de «cuanto más sangre, mejor». La mano de Fede Alvárez y Rodo Sayagues se nota, por que va derecho al hueso y no se anda con vueltas al igual que todas las producciones anteriores de la dupla uruguaya. Incorpora algunos elementos nuevos para darle una impronta actualizada cuando ridiculiza el mundo de influencers y la superioridad moral del ser urbano, lo que encaja perfecto para una saga anclada en un pueblo que se quedó en el tiempo y no acepta la modernidad, aunque se disfruta mucho más cuando apuesta a la brutalidad de El Loco de la Motosierra.

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