Nosferatu: El gótico renace en manos de Robert Eggers

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Este jueves se estrena en cines la nueva pelìcula del director de The Witch, The Lighthouse y The Northman.

La esperada remake de Nosferatu nos transporta a la Alemania de 1838 para redescubrir el clásico relato gótico bajo la mirada de Robert Eggers. El cineasta norteamericano, conocido por su maestría en la ambientación y el detalle histórico, no decepciona: el diseño de sonido envolvente, la fotografía impecable y un elenco que incluye a Bill Skarsgård, Willem Dafoe y Lily-Rose Depp logran una atmósfera que fusiona lujo visual y terror visceral.

El clásico mudo de Murnau, basado en la novela Drácula de Bram Stoker de 1897, sigue siendo una película de terror tensa e inquietante, con Max Schreck como el inolvidable Orlok. El Nosferatu de 1922 influyó en la versión de 1979 de Werner HerzogNosferatu the Vampyre, sin mencionar el thriller de 2000 La sombra del vampiro, una mirada imaginaria a la realización del  original, protagonizada por Willem Dafoe como Schreck, quien resulta ser un vampiro real. (Eggers también elige a Dafoe, que apareció en las dos películas anteriores del director, en su Nosferatu). Estas diferentes iteraciones de vampiros, así como el éxito de 1992 de Francis Ford CoppolaDrácula de Bram Stoker, han mantenido vivo al monstruo de Stoker en la cultura cinematográfica durante más de un siglo.

La trama sigue a Thomas Hutter (Nicholas Hoult) y Ellen (Lily-Rose Depp), una pareja feliz cuya vida da un giro cuando Hutter es enviado por su jefe, Heer Knock (Simon McBurney), a Transilvania. Allí, en los Montes Cárpatos, conoce al enigmático Conde Orlok (Bill Skarsgård). La hospitalidad inicial del Conde pronto se revela como una amenaza, y Hutter descubre que Orlok es un vampiro, desatando un espiral de obsesión, muerte y desesperación que llega hasta Ellen.

Eggers no se conforma con recrear la obra de Murnau; su Nosferatu es mucho más. A través del prisma del terror gótico, el director explora la histeria, las perversiones, el deseo prohibido y la locura. También toca temas contemporáneos como la violencia machista, los traumas de los abusos y las imposiciones sociales, todo mientras mantiene el tono oscuro y fascinante del original.

El filme juega con la pulsión de muerte, el placer en lo macabro y los sueños febriles, convirtiendo el deseo y la seducción en ejes centrales. En ese sentido, el vampiro de Skarsgård no es solo un monstruo; es una fuerza que personifica los temores más profundos de la humanidad. Por su parte, Ellen no es una simple víctima, sino una figura que encarna la lucha interna entre la atracción y el horror.

Sin embargo, pese a sus virtudes técnicas y artísticas, este Nosferatu puede ser divisivo. Su ritmo pausado y su enfoque en lo simbólico podrían alejar a parte del público acostumbrado a un terror más convencional. De todas maneras, Eggers construye una obra que demanda paciencia cuyo resultado final un triunfo visual y atmosférico que devuelve al género gótico su complejidad y profundidad.

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