Pájaros de Verano de Ciro Guerra. Crítica.

Se estrenó en Amazon Prime Video la película del 2018 del colombiano Ciro Guerra, ganador del Óscar por El Abrazo de la Serpiente.

Luego de ganar el Óscar en 2015 por El Abrazo de la Serpiente, Ciro Guerra nos deslumbra con Pájaros de Verano.

La película narra el ascenso y la caída de un traficante de drogas y su familia, la cual comienza en 1968 y abarca doce de años de violencia en el desierto del norte de Colombia. El último drama surrealista del director de “El Abrazo de la Serpiente”, Ciro Guerra, nos pone esta vez en contra de los rituales moribundos de una tribu remota contra la sorprendente ambivalencia de la naturaleza, esta vez, utilizando el telón de fondo para explorar los orígenes del narcotráfico. Si bien nunca alcanza las psicodélia de su película anterior y se basa en un patrón de eventos más convencional, “Pájaro de Verano” ofrece otro poema de tono fascinante sobre la identidad fracturada de Colombia.

Desde el inicio mismo se sumerge en las tradiciones que dictan la vida wayuu, cuando la joven Zaida (Natalia Reyes) realiza un baile para la comunidad local, propio de los jóvenes cuando cumplen 18 años. Donde se le acerca el pretendiente Raphayet (José Acosta), quien pronto se convierte en protagonista de la historia. Despreciado por la familia como indigna de la joven, Raphayet se lanza en una misión a través del paisaje para recuperar una gran cantidad de vacas, collares y mulas con el objetivo de  ganar su mano. En el proceso, recluta a su amigo Moisés (Jhon Navaez), un sonriente hedonista que convence a Raphayet para que lo ayude a repartir marihuana a los hippies en Peace Corp. Al principio, parece un plan fácil, pero Moisés es una persona tna intensa que sus travesuras eventualmente conducen a resultados violentos y un enfrentamiento que obliga a Raphayet a elegir sus lealtades.

Las hazañas de Raphayet y Moisés contienen indicios de una entrañable comedia de amigos oscuros, pero nada en esta remota existencia dura para siempre. A cada instante del relato, “Pájaros de Verano” desarrolla  la jerarquía del clan, con la matriarca espiritual de la familia (Carmiña Martínez) que toma las decisiones, a través de señales de los sueños y hace demandas arriesgadas de su hijo. El imperio creciente de la ley; el tío de su esposa (José Vicente Cotes), el llamado “mensajero de palabras”, llega a cada escena escondida debajo de las gafas de sol y un sombrero de vaquero para pronunciar declaraciones inexpresivas sobre las demandas familiares de sus competidores. Bajo un aire inquietante en estos procedimientos, cada momento de la vida de la familia parece dominado por una sensación de  extinción inminente e inevitable, donde, incluso los hijos de Raphayet, casi nadie sonríe y nadie se ríe.

El hermano menor de Zayda, Leonidis (Greyder Meza), crece dando por descontada la ilegalidad de la tierra, y se convierte en un psicópata cuyos crudos deseos precipitan la lenta ruptura de los lazos familiares. La codicia va haciendo que cambie la fisonomía del lugar,  a medida que el imperio de Raphayet toma forma, construyéndose en el cautivador set principal, una lujosa mansión en medio de la nada. El propio personaje de Raphayet tiene una cualidad fría e inacabada, como si hubiera sido concebido simplemente para darle a esta historia expansiva una medida de protagonista. A su esposa le va aún peo; a pesar de su presentación dramática, ella sigue siendo una no entidad en todo momento. 

Pájaros de Verano está plagada de ceremonias extraordinarias, desde huesos exhumados hasta la comunión con los muertos hasta sueños interpretados por el bien de las decisiones comerciales. La película traza una trayectoria, adoptando al mismo tiempo una exploración a los Wayuu y forzando su dinámica en un escenario que finaliza con escena explosiva, salida del final de Scarface. En un ambiente de insectos silbantes, vientos huracanados, cigüeñas errantes y cabras rebuznando, al igual que la maravillosa Wind River (2017) de Taylor Sheridan, indaga en la forma en que esta existencia rústica parece estar en desacuerdo con las crecientes amenazas del deseo capitalista.

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