Pienso en el final de Charlie Kauffman. Crítica.

El viernes se estrenó en Netflix la última película del director de ¿Quieres ser John Malkovich? y Anomalisa, ganador del Óscar por el guión de Eterno Resplandor de una Mente Sin Recuerdos.

Jesse Plemons es Jake, Jessie Buckley es la joven mujer, Toni Collette es la madre y Mother, David Thewlis es el padre en Pienso en el Final de Charlie Kaufman por Netflix.

Si hay algo que molesta de Netflix es el bombardeo de estrenos que surgen semana a semana. Es tanto el contenido que uno, en su afán de analizar todos los productos, mira todo rápido, sin darse el tiempo para analizarlo en profundidad. Nos impide ser consumidores responsables a quienes escribimos y trabajamos en escribir sobre los contenidos audiovisuales. Terminamos de ver una serie o película, escribimos sobre eso y al toque nos embarcamos en otra experiencia, así casi todo el día. Si a eso le sumamos otras plataformas, se nos hace mucho más complicada la cuestión. Pero: ¿Qué pasa cuando llegan películas que requieren un tiempo de análisis mayor? Esas que a veces, incluso, requieran un visionado más. Como pasa con Pienso en el final de Charlie Kauffman, una cinta que requiere tomarse un tiempo, analizarlas, tratar de construir en la memoria sus diálogos, planos, situaciones y al otro día sentarse a escribir.

Para empezar a escribir de ella, primero vayamos al argumento: una joven mujer (Jessie Buckey) inicia un viaje junto a su novio Jake (Jesse Plemons) para conocer a sus suegros que viven en el campo. Es un día de mucho frío, con mucha nieve y ambos deben recorrer un largo camino para llegar a destino. Pero ella viene pensando en otra cosa, ella viene pensando en terminar con él. Entonces, ¿Por qué está yendo a conocer a sus suegros si está analizando en cortar la relación?. Todas esas preguntas, reflexiones y análisis comenzarán a sonar dentro de la mente de ella, como una voz en off mientras viajan en auto y cuando se encuentre con sus suegros, personificados por Toni Colette y David Thewllis, unos extraños granjeros con una peculiar personalidad.

La simple premisa nos puede resultar una situación normal y cotidiana de la vida real, pero en manos de Charlie Kauffman nunca es así. El director construye una historia impregnada de detalles de una sola mente atribulada, a través de muchos puntos de referencia, tanto que nos exigirá una clase de semiótica para poder analizarlos todos. En todas esas multiplicidad de referencias aparecerán reflexiones sobre los discursos que nos alienan y nos amoldan a sus formas y estilos. Nuestros padres, el cine, la televisión, todos discursos que producen sentido en nuestras mentes y nos sumergen en laberintos mentales intrínseco, complejos y oscuros, como tormentas de nieve que nos hace complicado el tránsito por la vida.

Lucy, Amy o como se llame ella (el nombre nunca está claro), es una mujer de quien no sabemos mucho. Ni a que se dedica, ni quienes son sus padres, ni de donde proviene. En un momento es escritora, luego estudia fìsica, también se dedica a la pintura. Lo que si podemos saber son sus reflexiones, pero ¿Quién es realmente ella?¿Quién es Jake? ¿Por que los padres tienen esas actitudes extrañas y por que los vemos envejecer de un momento a otro? El film es una experiencia surrealista que nos irá llevando por un intrínseco laberinto mental. Pero a medida que avance surgirán dudas: Dentro de mente de quien estamos: ¿De ella?, ¿De Jake? o ¿Del portero de la escuela que pasa sus días en soledad, como una especie de ente al que nadie presta atención?.

Pero en todo ese embrollo de situaciones que rozan lo delirante Kauffman reflexiona sobre problemas existenciales. Sobre el paso del tiempo, la vejez, el miedo a la soledad; sobre expresar nuestros deseos, los mandatos sociales y sobre quienes somos en realidad. Lo que da como resultado una narrativa densa e hipnótica sobrecargada de información que cuesta absorber a primera vista. Intentar analizarlo de un momento a otro puede resultar desconcertante o frustrante por eso es necesario prestar atención a cada detalle por que todo tiene un sentido. La habitación de la infancia de Jake, llena de libros, DVD y otros detritos, es una de las claves. En ese espacio se resuelve la naturaleza del enigma cuyas pistas están en una de las primeras charlas de la pareja. Jake es un joven que ha absorbido tanto los medios de comunicación que lo rodean que parece regir todos los aspectos de su realidad.

Pero no todo termina ahí, una vez finalizada la visita a los suegros/padres los jóvenes emprenden la vuelta a su hogar. El relato se volverá aún más surrealista, cuando se encontrarán con algunos elementos del pasado de Jake. Compañeros de escuela, gente del pueblo, todo será anormal y la confusión será mayor, y nuevamente nos veremos envueltos en un camino sin salida, donde nada parece tener sentido (aunque si lo tenga o así parece). Pero mejor no contar por que si hay algo que caracteriza al cine de Charlie Kaufmann es que deja todo expuesto para la libre interpretación del espectador.

¿Puede ser confuso lo que escribí o mi mirada sobre la película? Puede que si, pero así es Kaufmann y así nos dejan sus películas. Pienso en el final tiene la virtud de ser confusa y extraña pero a la vez fascinante, lo que la convierte en la propuesta más arriesgada de un director que siempre está metido en conflictos existenciales. Una vez más, como en ¿Querés ser John Malkovich? y en Eterno Resplandor de una mente sin recuerdos, recorre los campos de la psiquis y nos deja perplejos tratando de armar un complicado rompecabezas que vale la pena intentar construir por más que nos frustremos en el camino. Para eso, el film propone bajar un cambio de la locura streaming, que la miremos con paciencia; entendiendo que no tiene una lectura única y eso la hace más interesante.

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