Este jueves se estrena en cines la nueva película del director italiano de El amante, Llámame por tu nombre, la remake de Suspiria, Hasta los huesos y Desafiantes.
En Queer, Luca Guadagnino adapta la novela de William S. Burroughs, ícono de la Generación Beat quien escribió la novela entre 1951 y 1953 como secuela libre de “Yonqui”, aunque se publicó en 1985. La película nos lleva a la Ciudad de México en los años 50, un escenario sombrío donde William Lee (interpretado por un transformado Daniel Craig) intenta llenar un vacío existencial entre alcohol y heroína. Sus noches son un desfile de encuentros efímeros y desconexión emocional, hasta que Eugene Allerton (Drew Starkey), un joven exsoldado, entra en escena. Eugene parece representar una chispa de esperanza, aunque pronto queda claro que esa conexión está lejos de ser recíproca.

Guadagnino construye esta relación desigual, cuando Lee se entrega a una pasión obsesiva, mientras Eugene mantiene una distancia que, a ratos, parece cruel e indiferente. Esta dinámica los lleva a embarcarse en un viaje surrealista hacia la selva sudamericana, en busca del yagé, una planta con propiedades alucinógenas que promete conexión espiritual y, según algunos, telepática. Allí conocemos a la doctora Cotter, interpretada por la increible Lesley Manville, acompañada por «su marido», una figura misteriosa, interpretada por el cineasta argentino Lisandro Alonso.
La película se mueve en dos mundos: uno realista, cargado de crudeza y detalles sombríos, y otro más onírico, que se desdibuja en paisajes psicodélicos y momentos alucinatorios. La estética es puro Guadagnino: una mezcla fascinante de colores intensos, composición meticulosa y ese toque de melancolía que ya es su sello. Todo esto se potencia con una banda sonora de lujo a cargo de Trent Reznor y Atticus Ross, que mezclan clásicos como Nirvana y Los Panchos con nuevas colaboraciones de Omar Apollo y Caetano Veloso, creando un acompañamiento sonoro tan evocador como la propia narrativa.
Lo que distingue a Queer es el abordaje que hace de la vulnerabilidad de sus personajes. Guadagnino explora con valentía los rincones más incómodos del deseo y las relaciones humanas. Sin la intención de juzgar ni comprender, en lugar de buscar agradar, desafía, incomoda y, al mismo tiempo, golpea con profunda emoción. Dejando como resultado final una obra tan cruda como delicada, tan desoladora como llena de vida.