Voces Doradas de Evgeny Ruman.

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Luego de inaugurar el primer Festival de Cine Israelí de Argentina, llega a los cines argentinos la comedia romantica.

A veces, una ruptura con el pasado puede ser el puntapié inicial para lograr una nueva forma de vida. Los repentinos cambios, por más dramáticos que sean, tienden a enviarnos hacia nuevas destinos impesados. Incluso, con un poco de fortuna, puede conducir a un crecimiento inesperado. Para Victor y Raya Frankel, la pareja de adultos mayores de Voces Doradas de Evgeny Ruman, esa ruptura llega con el dramático colapso de la Unión Soviética y su decisión de aceptar la invitación de Israel a los residentes judíos de esas naciones para volver a su tierra ancestral.

Los Frankel eran una especie de celebridades menores en Rusia, actores de doblaje que se ganaban la vida dándole voz rusa a películas en idiomas extranjeros (al menos las aprobadas por las autoridades soviéticas). Al llegar a la ciudad de Rishon LeZion en 1990 con poco más que la ropa que llevaban puesta y la esperanza de una vida mejor, Victor (Vladimir Friedman), orgulloso y obstinado, está decidido a recrear lo que una vez tuvo. Cuando una reunión con un ex agente amigo suyo no produce resultados, se ve obligado a aceptar un trabajo distribuyendo volantes informativos a su comunidad local como preparación para los ataques con cohetes de Saddam Hussein. La oportunidad de volver a cumplir su sueño parece darse cuando en su habitual recorrido se encuentra con una tienda de alquiler de VHS, que lo invitan a doblar películas en ruso filmadas clandestinamente. Die Hard y Home Alone, son las solicitdas, sin embargo, Víctor tiene ideas más elevadas; está decidido a presentar las películas de Fellini a las masas.

Mientras tanto, Raya (Maria Belkin) responde a un anuncio de búsqueda de una mujer con una voz meliflua para un trabajo relacionado con el teléfono, que resulta ser un centro de llamadas de sexo telefónico dirigido por Dvora (Evelin Hagoel), una dura mentora pero maternal que acepta darle el trabajo a Raya, de 62 años, debido a su voz «dorada». Al principio, inhibida y avergonzada, pero Raya pronto se destaca, prosperando en un papel en el que es capaz de crear y habitar otros personajes en lugar de repetir las líneas pregrabadas de los papeles de otros actores como lo hacía antes. 

El estrés de adaptarse a un nuevo país junto con la sombra de sus nuevos trabajos después de haber sido muy apreciados en Rusia también genera problemas en el matrimonio. Habiendo pasado sus vidas siendo las voces de otras personas, ahora tienen que encontrar sus propias voces. Hay momentos que capturan su amor por su papel en el mundo del cine (Víctor cuenta cómo convenció a las autoridades soviéticas de no censurar una película de Federico Fellini) combinado con sus luchas individuales para reinventarse relativamente tarde en la vida. 

Pero si hay algo que destaca a Voces Doradas es la dupla protagonista, junto con los simpáticos personajes secundarios que se entrecruzan en la adaptación de ellos. Sobre todo, Maria Belkin como Raya, representando a un personaje que no está contenta con ser una jugadora de apoyo en su propia vida, tratando de encontrar un nuevo rumbo a su vida, incluso llegando a simpatizar con uno de sus clientes telefónicos que anhela conocerla. Mientras que Vladimir Friedman le sigue en la misma sintonía como Víctor, un hombre cuya imagen de sí mismo se ha hecho añicos y no está acostumbrado a no tener el control de su destino. Ambos le aportan frescura a una película que combina comedia de enredos con un relato humanista de la temática migrante y ciertos toques fellinescos.

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