Protagonizada por Liam Neeson, este jueves se estrena la nueva versión del clásico The Naked Gun, creada por David y Jerry Sucker.
Hay actores que, llegada cierta etapa de sus carreras, eligen con quién divertirse. Liam Neeson parece estar en ese momento: un lugar de libertad donde puede alternar entre películas de acción genéricas y cameos con sabor a broma interna. Ya lo vimos en Ted, en aquel cameo brillante junto a Seth MacFarlane (acá productor) comprando cereales con la seriedad de quien persigue terroristas. Ahora vuelve a ese espíritu lúdico, y lo hace metiéndose en uno de los zapatos más ridículos y queridos de la comedia: los del detective Frank Drebin Jr.
En esta nueva entrega —que no es remake, ni reboot, ni secuela directa, pero homenajea todo al mismo tiempo— Neeson interpreta a Frank Drebin Jr, hijo del icónico Drebin que Leslie Nielsen volvió eterno en la saga de La pistola desnuda. La fórmula es la misma: una parodia policial con voz en off constante (y delirante), gags físicos, bromas verbales que bordean el sinsentido, y un guion que solo sirve de excusa para encadenar carcajadas.
El punto de partida es un robo: un grupo asalta un banco y se lleva de una bóveda un aparato capaz de alterar las emociones humanas más profundas, activando el odio y la agresión como reacción primaria. En ese caos inicial, Frank logra frustrar el atraco… pero el artefacto termina en manos equivocadas. Richard Cane —un magnate tecnológico encarnado por Danny Huston con cara de CEO endemoniado— planea usarlo para desatar un apocalipsis emocional, mientras él y otros millonarios se refugian en un búnker de nombre irónico: La Risa.

Por si fuera poco, tras el episodio, Frank es degradado a la división de accidentes de tránsito, pero —como en toda buena comedia de enredos— las vueltas del destino lo colocarán en el centro de la acción. Así, entre explosiones, confusiones, disfraces y una historia de amor inesperada con Beth Davenport (una Pamela Anderson sorprendentemente sólida, que se luce con un timing perfecto), nuestro antihéroe termina siendo el único capaz de evitar el colapso global.
La película está dirigida con ritmo y precisión por Akiva Schaffer, que viene con años de entrenamiento en el Saturday Night Live y se nota: cada escena tiene un timing medido al milímetro y una energía constante. Se apoya en el absurdo sin pedir disculpas, recurre al slapstick, a los juegos de palabras imposibles, a las parodias del cine de acción moderno y hasta a un par de gags visuales que van directo al podio de lo bizarro. El gag del Larga Vista es de esos que uno quiere volver a ver solo para asegurarse de que no lo imaginó.
¿Funciona? Sí, y muy bien. Porque ¿Y dónde está el policía? entiende que el humor absurdo tiene su propia lógica. No busca contarte una historia profunda, aunque en el fondo diga algo sobre la rabia moderna y el discurso de odio amplificado por la tecnología. Lo que busca —y logra— es que rías, y lo hagas con ganas. Y que recuerdes que hubo un tiempo en el que el cine se permitía ser simplemente tonto… pero muy efectivo.
Bienvenido el regreso del humor físico, del absurdo sin filtro, del homenaje sentido a un tipo de comedia que parecía olvidada. Y bienvenido Liam Neeson, que con cara de piedra y absoluta entrega, se convierte en el heredero menos pensado de Leslie Nielsen.