Akelarre de Pablo Agüero. Crítica.

Se estrena en Netflix y en Cine Ar TV el jueves a las 22 hs, la película del director mendocino que más galardones cosechó en la 35ª Edición de los Premios Goya.

Amaia Aberasturi se luce en el papel de la líder femenina acusada de brujerías.

Luego de Eva no duerme, la muy peculiar reflexión sobre el mito de Evita Perón a partir de las numerosas aventuras que vivió su cadáver, Pablo Agüero volvió al cine. Un director que sorprendió en el BAFICI de 2009 con el extraño relato de ciencia ficción 77 Doronship que le valió el premio a mejor director el festival de cine independiente. Instalado en España, el mendocino vuelve con un relato de época en tiempos de la caza de brujas de la Santa Inquisición española.

Más precisamente, la película nos traslada a las praderas del País Vasco, en 1609. En ese marco rural, nada bucólico, un juez y la corte real apresan a unas chicas que residen en una aldea y que están acusadas de practicar la brujería. Mientras los hombres de la región se han ido a la mar, ellas serán encarceladas y torturadas por el juez Rostegui, encomendado por el Rey para purificar la región. El mandatario esclesiástico decide hacer lo necesario para que confiesen lo que saben sobre el akelarre, ceremonia mágica durante la cual supuestamente el Diablo inicia a sus servidoras y se aparea con ellas.

Pablo Agüero rompe con los clichés de las películas de la época donde predomina la teatralidad al hablar o las cámaras fijas. El director compone un film moderno y ágil, gracias a primeros planos y un inquieto lente, acompañado por momentos con un ojo de pez que nos convertirá en testigos presenciales de la situación. Al mismo tiempo que logra una llamativa y natural metamorfosis del inquisidor en su obsesión por acabar con las mujeres, para dar paso a la fascinación por ellas, sin subrayados, donde la hipocresía esclesiástica queda latente y a la vista de todos.

Los escenarios, aunque minimalistas, se benefician de una fotografía, maquillaje, peluquería y una atmósfera solvente en términos técnicos y artísticos. Àlex Brendemühl y Daniel Fanego rubrican dos villanos muy potentes y Amaia Aberasturi se luce como la líder de la cuadrilla de presuntas hechiceras, entregando momentos de tensión basados solo en diálogos y cuya escena del interrogatorio con su orgásmico final encuentra el punto más alto de la sorprendente interpretación de la joven actriz.

La iluminación sirve para darle más fuerza a la historia: hay muchos contrastes de luz. Las chicas irradian luminosidad, mientras que los inquisidores son oscuros. La frescura del monte, del bosque, la playa y el mar se contraponen con la humedad de las celdas y la iglesia donde son encerradas las jóvenes. Cada locación tiene como finalidad trasmitir sensaciones en el espectador y casi que podemos sentir el aroma de los ambientes a través de la fotografía.

Akelarre se convierte en un film atemporal a pesar de ser un cuento del siglo XVII, donde toca temas que se pueden relacionar con el presente, como la fuerza de la amistad entre mujeres y unirse en contra de la norma. Un relato excitante cuyo escenarios de ensueño y un euskera meloso (los momentos musicales sobre todo) nos habla de brujas, de luchadoras y de sororidad; pero también sobre «hombres que le temen a las mujeres que no temen a los hombres».

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