Azor de Andreas Fontana.

Presentada en el Festival Internacional de Mar del Plata, el 24 de marzo se estrena la película que explora el mundo financiero durante la última dictadura cívico-militar.

Estamos en 1980, el banquero privado suizo Yvan De Wiel (Fabrizio Rangione) y su esposa Inés (Stéphanie Cléau) llegan llegado a Buenos Aires para averiguar qué pasó con Keys, el administrador de los fondos de su empresa societaria y para asegurarles a sus clientes que todo está bien, que se encargará de sus asuntos financieros en el futuro. Mientras son conducidos al hotel, son recibidos por la visión de dos jóvenes y son registrados por la policía militar: la única referencia a las acciones del régimen. «Tienes que entender. Aquí la situación era terrible, el país necesitaba grandes reformas».

La introducción será el puntapié inicial, de los cinco capítulos de película en los que seguimos el viaje de Yvan e Inés a través de un circuito pequeño, privilegiado y casi paranoico. Viejos aristócratas, en apariencia, encantadore; terratenientes, jugadores, abogados corruptos y sacerdotes se reunen en silencio, alrededor del visitante. Un mundo donde la gente sigue mirando por encima del hombro sin saber de dónde vendrá el próximo golpe, a pesar de que apoyan al régimen. Yvan navega por este mundo con la ayuda de Inés; ella observa y toma notas mentales mientras charla con las esposas y se mete en sus piscinas. 

AKeys se lo describe como distraído, no confiable, brillante, depravado y manipulador. Pero Fontana y Mariano Llinás (co-guionista) se limitan a insinuar las razones de su desaparición. Keys es el fantasma que persigue a Yvan, burlándose de él, desafiándolo, hasta que no se lo vuelve a mencionar, como un misterio que permanecerá sin resolver. Los clientes de Keys eran diferentes personajes: Augusto Padel Camón (Juan Trench) y su esposa Margarita (Elli Medeiros) quienes aún lloran la desaparición de su hija, una activa militante política; Farrell (Ignacio Vila), un arrogante hombre de negocios y dueño de caballos que disfruta intimidando a sus socios comerciales, incluso a su abogado; y uno de los personajes más inquietantes de la película, Monseñor Tatoski (Pablo Torre Nilsson, hijo del legendario cineasta Leopoldo Torre Nilsson). Yvan también tiene que lidiar con un competidor en la forma de un banquero de Credit Suisse, que está dando vueltas en estos mismos clubes privados, banquetes y galas, cerrando tratos con los poderes fácticos, su presencia es una señal de que los tiempos están cambiando para la industria bancaria. a medida que comienza a pasar de los servicios más personalizados ofrecidos por la firma bancaria de Yvan a una forma de banca globalizada más amigable para los accionistas.

Pasada la mitad de la película, en palabras de Inés, nos enteramos que la palabra azor significa «estar callado», «tener cuidado con lo que dices». Aunque no quede muy claro el significado de la palabra, sea como fuere, la definición describe perfectamente el entorno y cómo Yvan se relaciona con él mientras trata de arreglar cualquier problema que haya dejado su colega. Siempre encuentra lo correcto para decir; su rostro a veces puede delatarlo, pero pronto recupera la compostura. Y como su esposa, sabe escuchar y calibrar sus reacciones. Puede que al principio no esté seguro de sus propias habilidades y si podrá honrar la reputación de su banco. Pero una vez que su esposa le da un pequeño empujón, puede ser tan astuto como cualquier banquero corporativo.  

De manera natural y casi sin darnos cuenta, Azor nos mete en un terreno siniestro para explorar la complicidad de la clase media y alta de Argentina en los crímenes perpetrados por la dictadura. Al igual que Rojo de Benjamín Naishtat, el film desafía las convenciones del género y las reduce a lo más esencial, dando luz a quienes se encogieron de hombros ante la violencia e incluso se convirtieron en cómplices de las acciones de la dictadura Una trama cuya misteriosa desaparición de un banquero privado suizo, sirve solo como un pretexto, porque Fontana está mucho más interesado en capturar y diseccionar un entorno, en lo que se dice y no se dice en las conversaciones y, sobre todo, lo que se puede leer entre líneas.

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