Se estrena en cines la nueva película del director de L’uomo in più, Le conseguenze dell’amore, El amigo de la familia, Il divo, This Must Be the Place, La grande bellezza, Juventud, Loro y Fue la mano de Dios.
Paolo Sorrentino regresa con Parthenope, una película que reafirma su estilo visual fastuoso y su inclinación por lo onírico. Coescrita junto a Umberto Contarello, sigue la vida de una mujer atrapada en la belleza y la melancolía de Nápoles, en un relato que se desliza entre el realismo y la alegoría.
El personaje de Parthenope, interpretado por la debutante Celeste Dalla Porta, no es solo una mujer, sino un símbolo: representa la ciudad misma, su esplendor y su condena. Su historia atraviesa décadas de amores, desencuentros y un anhelo constante de libertad, mientras el film construye una narrativa fragmentada y evocadora.

Sorrentino filma Nápoles con una mirada que oscila entre el amor y la ironía, retratando su caos, su misticismo y su belleza decadente. La ciudad es más que un escenario: es un personaje vivo, un refugio y una prisión al mismo tiempo. La fotografía y el diseño de producción refuerzan esta atmósfera, con una estética que remite al cine clásico italiano pero también al glamour publicitario.
Sin embargo, Parthenope no está exenta de controversia. La película coquetea con temas provocadores, desde el peso de la religión hasta tensiones familiares que bordean lo transgresor. Hay momentos en los que la narración parece perderse en su propia belleza, con tramos que pueden resultar reiterativos o excesivamente contemplativos.
Uno de los momentos más polémicos gira en torno a una escena en la que Parthenope y un cardenal protagonizan un episodio inspirado en el mito de la sangre de San Gennaro. Esta representación no tardó en generar rechazo por parte de la Iglesia Católica en Italia, que la consideró irreverente y blasfema. Sin embargo, la provocación es un recurso habitual en la filmografía de Sorrentino. Tanto en La gran belleza como en The Young Pope, el director ya había explorado las contradicciones y excesos del mundo eclesiástico, oscilando entre la crítica mordaz y la fascinación estética.
El resultado es un film que encarna la esencia del cine de Sorrentino: visualmente hipnótico, narrativamente enigmático y emocionalmente ambiguo. Como la sirena de la que toma su nombre, Parthenope seduce con su canto, pero también deja una sensación de lejanía, de un deseo que nunca termina de consumarse.